Casi un millón para seguir cerrando: El Musel y sus secretos millonarios
La inversión más inteligente del siglo (o la menos inteligente): casi un millón para no dejar entrar a nadie… nunca.
La Autoridad Portuaria de Gijón ha tomado una decisión histórico: gastar 988.528,44 euros sin IVA con seis meses de plazo para prolongar el cerramiento de seguridad perimetral de El Musel. Sí, leíste bien. No, no es un error tipográfico. Casi un millón de euros para seguir impidiendo que los ciudadanos accedan a una instalación portuaria. ¿Es lógica? Depende de tu definición de “lógica”, pero estadísticamente estamos ante un caso perfecto de economía ortodoxa aplicada con rigor académico — y eso, queridos lectores, es todo lo satírico que necesitábamos para este artículo.
Por qué esto es una obra maestra de la planificación urbana sostenible
Imaginatlo: estás en Gijón, caminando por la costa, disfrutando de la brisa salina cuando de repente te encuentras con un muro masivo que impide tu acceso al muelle. ¿Sorpresa? Nadie espera menos que esto. Pero imagina si, además, te dijéramos que esa barrera física —que te impide incluso ver el mar desde cierto punto— cuesta casi un millón de euros. Porque la Autoridad Portuaria no se ha limitado a poner un muro; ahora quiere prolongarlo. Prolongarlo. ¿Pues por qué prolongar si ya está ahí, y ya funciona exactamente como deseamos: impidiendo el acceso gratuito?
En este contexto, la obra licitada en 988 mil euros sin IVA representa lo que los economistas clásicos denominan una “inversión con retorno garantizado”: cero. Sí, cero visitantes adicionales, cero beneficios inmediatos para los negocios del puerto… pero sí un millón de euros satisfechos, como los perros que ya no tienen esperanza de ver sus huesos favoritos. Es la misma lógica que nos llevó a prohibir fumar en parques públicos: mejor invertir en vallas y multas que en información educativa sobre el daño del tabaco. O dicho con más claridad: gastar un millón para impedir lo que ya está prohibido es tan lógico como comprar el seguro de vida más caro que te impida disfrutarlo. La seguridad perimetral extrema de El Musel no busca proteger al público; protege al puerto de la presión social de abrirse —y de ahí a que nadie entre—, estamos ante una estrategia de marketing experiencial del mundo: donde la experiencia consiste en saber qué hay detrás de las rejas y poder imaginar.
La paradoja de la inversión portuaria: más caro mantener cerrado que abierto
Pensemos un momento con una mente lógica (aunque el resultado no siempre lo sea): si tuvieras 988 mil euros, ¿qué harías? Comprar tierras agrícolas en Asturias, por ejemplo. O invertir en el plan del hospital de Cabueñes. Pero la Autoridad Portuaria ha elegido otra vía: invertir un millón para seguir excluyendo al público de El Musel. Casi la misma cifra que costaría abrirlo al turismo marítimo podría generar más visitantes que murallas, pero no, por ahora. Estamos ante el caso clásico de la “eficiencia” económica donde el gasto es directamente proporcional a los beneficios sociales cero. Es el mismo principio que rige las inversiones en tecnología militar: gastar millones para impedir que nadie se acerque, porque así se demuestra que tenemos recursos sobrados —aunque la cosa más cercana sea una instalación portuaria que ya no usa.
Es como decirle a un perro que deja de ladrar: “Si obedeces, te doy huesos”. ¿Ladra? Pues mejor sigue ladrando; el hueso cuesta menos que el castigo, pero el castigo (en este caso, gastar 988 mil) tiene un valor psicológico incalculable para los ladrones públicos.
Los seis meses de espera: ¿una inversión o un problema de planificación?
Además del coste absurdo (para quienes no quieran entrar), el plazo de ejecución de seis meses merece una reflexión satírica por sí mismo. Seis meses. Un verano entero sin acceso a El Musel. Porque durante esos seis meses, mientras se construye la mejora de seguridad, los puertos siguen funcionando con sus murallas existentes —que son perfectamente funcionales y suficientes para cualquier visitante que busque escapar a las restricciones oficiales. ¿Por qué invertir en algo que ya funciona? Quizás porque la Autoridad Portuaria quiere garantizar que durante el verano nadie pueda acercarse al puerto. Pero espera: ¿el cierre de seguridad sirve solo para proteger al público o también protege al propio puerto de ser visitado? La respuesta, probablemente, es ambas cosas —un dilema ético del que nunca hablaremos en serio con la Autoridad Portuaria. Los seis meses de obra son un lujo; el resultado, un privilegio: seguir sin acceso a El Musel durante meses veraniegos cuando todos querríamos disfrutarlo.
Conclusión de un autor cansado pero satisfecho
En conclusión, casi un millón para seguir cerrando es una noticia que debería despertar conciencias o, al menos, risas. Porque invertir en la seguridad de algo que nadie puede ver y prohibir el acceso a lo que parece una atracción marítima gratuita se siente como comprar el seguro más caro solo para asegurarse de no necesitarlo jamás. Es la política urbana perfecta: gastar millones para mantener al ciudadano excluido, mientras los presupuestos municipales se comen la ilusión del puerto abierto a todos. O dicho con un humor más asturiano: cuando alguien en Gijón gasta un millón para que nadie pueda usar el parque, ya sabes que la cosa va mejor de lo esperado —pero quizás peor de lo imaginable. Porque la verdadera inversión no es en muros ni vallas; es en imaginación… y en la seguridad perimetral del Musel.