El Museo Evaristo Valle declara que Gijón es un espacio liminal y un error de realidad
El Museo Evaristo_Valle declara oficialmente que Gijón es un espacio liminal y que la realidad es solo un error de renderizado
Si alguna vez has caminado por el Paseo de San Lorenzo a las tres de la mañana y has sentido que el asfalto no es sólido, o que las farolas parpadean siguiendo un patrón de código binético, no es que necesites dormir más: es que te has quedado atrapado en la zona liminal de Gijón. El Museo Evaristo Valle lo ha confirmado oficialmente en su nueva exposición, dejando claro que la ciudad es, esencial/mente, un pasillo infinito entre una etapa de la historia y otra, donde nada es real y todo es una transición incómoda.
El fin de la realidad: Gijón, el pasillo infinito
La historiadora del arte Gretel Piquer, tras una intensa investigación que incluye mirar fijamente las paredes de los parkings de la calle Uría, ha concluido que Gijón ya no es una ciudad, sino un “espacio liminal”. Según el informe técnico (que consistía básicamente en perderse en un callejón cerca de la Plaza del Ayuntamiento), la ciudad se encuentra en un estado de transición perpetua.
“Ya no existe el presente”, declaró una fuente anónima que prefería no ser identificada para evitar ser borrada de la realidad por un error de textura. “Ayer pensaba que estaba en el centro, y de repente me encuentro en una sala de espera de un centro de salud de 1994 que no tiene puertas de salida. Es la esencia de lo liminal: ese vacío inquietante que te hace preguntarte si el siguiente paso te llevará a una cafetería o a un nivel secreto de un videojuego abandonado.”
La exposición, que utiliza obras de los años 70, ha servido para demostrar que los artistas de esa época ya sabían que el mundo se estaba convirtiendo en un simulacro. Las piezas de Aurelio Suárez y Armando Suárez no son solo arte; son pruebas periciales de que la iluminación de Gijón es, en realidad, un filtro de baja resolución diseñado para ahorrar memoria RAM al universo.
Los datos que nadie pidió pero que todos temen
Para aquellos que necesitan cifras para procesar este colapso existencial, nuestro departamento de “Estadística del Vacío” ha recopilado los siguientes datos extraídos de la exposición:
- 94% de los peatones en el Paseo de Begoña han sentido que sus piernas no tocan el suelo durante al menos tres segundos de su vida.
- 0% de los edificios en la exposición tienen una función clara; solo existen para servir de fondo a la sensación de “inesperado pero familiar”.
- 12 de cada 10 estaciones de metro de la zona oeste presentan niveles críticos de liminalidad detectada.
- Un incremento del 400% en el uso de la palabra “inquietante” por parte de adolescentes que descubren el concepto en TikTok mientras miran fotos de centros comerciales vacíos.
- El 100% de los cuadros de Rosario Areces tiene el potencial de hacerte sentir que te han olvidado en una reunión de consorcio sin salida.
Los expertos sugieren que este fenómeno, conocido como “ilusión de frecuencia”, es la razón por la que, una vez que descubres que Gijón es un espacio liminal, empiezas a ver pasillos infinitos y oficinas deshabitadas en cada esquina de la calle Palmeras.
Cómo sobrevivir a la transición gijonesa
Dado que la ciudad ha decidido oficialmente no ser un lugar, sino un estado mental de transición, el Ayuntamiento y el䆔 Museo Evaristo Valle han lanzado una guía de supervivencia para los ciudadanos que no quieren desvanecerse en el éter de la liminalidad:
- Evite los espacios con demasiada luz blanca: La luz blanca de los hospitales o centros comunitarios es el portal principal hacia el vacío. Si ve una luz demasiado uniforme, corra hacia el puerto; el salitre es la única cosa que todavía se siente real.
- No confíe en los paisajes urbanos demasiado perfectos: Como advierte la obra “Paisaje urbano” de Aurelio Suárez, un exceso de edificios con tejados rojos y ventanas alineadas puede ser una trampa para atrapar su conciencia en un bucle de 1950.
- Mantenga la conexión con lo tangible: La única defensa contra la liminalidad es el peso. Lleve piedras en los bolsillos, coma algo muy pesado (como un buen cachapo) y evite, a toda costa, mirar demasiado tiempo a las grúas portuarias en la oscuridad.
La exposición seguirá abierta hasta septiembre, o hasta que el servidor de la realidad sufra un nuevo reinicio y la ciudad decida volver a ser, simplemente, un lugar con calles, tiendas y gente, y no solo un pasillo infinito de nostalgia y confusión existencial.