¡Los Gallos de Gijón: De la Institución Dorada a la 'Recomendación' de la Abuela!
Resulta que, mientras la ciudadanía de Gijón se ocupaba de gestionar la compleja logística de asegurar que los menús escolares incluyeran, como mínimo, una patata decente (un tema que, por cierto, merece su propia novela épica y un comité de expertos de cinco personas), y mientras los restos de un motorista se recuperaban milagrosamente de la carretera Piles-Infanzón tras un encuentro cercano con el asfalto en un baile de malabarismo involuntario, un rincón más polvoriento y glorioso de la memoria colectiva ha resurgido con el estruendo de un péndulo de reloj antiguo: la gloriosa, y ahora casi mítica, institución de los gallos de pelea. Rafael Suárez-Muñiz, en su nuevo y monumental libro, Animales, Ocio y Ciudad, ha desenterrado no solo la historia, sino también el aura de una época en la que el canto más ensordecedor no provenía de un concierto de pop juvenil, sino de dos aves con más aires de grandeza que un conquistador en su mejor día.
El Imperio Plumífero: Cómo Gijón Fue Gobernado por la Pelea de Gallos (Hasta que no lo fue)
Es fascinante, de verdad. Es el tipo de historia que te hace cuestionar si realmente hemos evolucionado como civilización, o si solo hemos cambiado el combustible de nuestros espectáculos masivos de violencia ritualizada. Suárez-Muñiz nos pinta un cuadro tan vívido que casi podemos oler la mezcla de serrín, sudor de público entusiasta (y quizás un poco de vinagre barato para el ambiente), y el olor metálico del entusiasmo descontrolado. Nos habla de una época, amigos, una época dorada —o quizás más bien una época de plumas y adrenalina—, donde los gallos de pelea no eran meros espectáculos folclóricos; eran pilares de la vida social. Se revela que su institucionalización no fue un accidente histórico, sino un sistema complejo, tan burocrático como el propio Ayuntamiento (aunque, por lo que se desprende del tono, mucho menos eficiente). Se menciona que “estaban plenamente institucionalizados hasta los años 90”, una frase que, traducida a jerga de historiador hiperactivo, significa: “Había regulaciones, permisos, y probablemente un comité de moralidad que supervisaba el ángulo de ataque de las plumas”.
Imaginad el nivel de burocracia que esto implicaba. No se trataba solo de llevar dos bichos a un ring; se trataba de la cadena de suministro de la mejor arena, de los certificados veterinarios de la “idoneidad combativa” (¿existían tales cosas? ¡Exigimos un estudio de caso!), y del protocolo exacto para la distribución de los “golosinas de pre-combate” (¿eran bayas? ¿quizás un tipo de queso muy duro?).
Un dato que ha dejado a la comunidad científica (y a los amantes de los cotilleos históricos) boquiabiertos es la cifra que adjunta el autor sobre la asistencia media. Según el apunte que hemos podido rescatar, en su apogeo, las cuadrillas de espectadores superaban los 4,000 pares de ojos, lo que representaba, en términos de densidad poblacional, un pico de actividad que superaba, según cálculos muy preliminares y hechos con un lápiz de color rojo sobre un mapa antiguo, la asistencia a algún festival de música moderno. ¡Cuatro mil personas agoladas, gritando, analizando la maniobra de picotazo con la seriedad de un panel de expertos en física cuántica!
Y aquí es donde la sátira debe entrar en acción. Nos preguntamos: ¿Qué tipo de estructura social se sostiene sobre la base de la exhibición de aves en combate? ¿Era un sustituto del teatro? ¿Un mecanismo de desahogo colectivo más barato que la terapia grupal? Los expertos citados en el libro sugieren que era un “ritual de reafirmación comunitaria”. ¡Claro! Era la forma en que Gijón se decía a sí misma: “Míranos, tenemos un pasatiempo tan profundo y arraigado que ni siquiera necesitamos Netflix”.
La Crisis de la Dignidad Avícola: De la Institución al Archivo Polvoriento
El declive, por supuesto, es siempre el clímax dramático de cualquier obra histórica, y aquí no ha sido la excepción. El paso del tiempo, la llegada de las regulaciones modernas (que, se rumorea, fueron redactadas por un comité formado por abuelas muy serias y un abogado escéptico), y el ascenso de modas más “sofisticadas” (como, no sé, los contenedores de reciclaje o las reuniones sobre la calidad de la dieta infantil) hicieron que el ruedo perdiera su brillo espectacular.
El libro dedica un capítulo entero, y os lo advierto, es denso, casi como un manual de instrucciones para un juguete roto, a analizar el “cambio de paradigma”. Se habla de cómo las “normas sociales cambiantes” actuaron como un agente corrosivo sobre esta tradición tan palpable. ¡Cambio de normas! ¿Será que la gente, de repente, se cansó de la poesía del combate, prefiriendo quizás la poesía de un informe trimestral sobre la gestión de residuos? Es una transición tan abrupta que parece que los gallos se fueron de vacaciones sin avisar y nunca más volvieron a enviar postal.
Además, el material nos arroja datos absolutamente alucinantes sobre la logística del “ocio popular”. Se menciona la creación de las primeras “zonas de observación categorizadas”, un sistema que, por cierto, suena mucho más sofisticado que la distribución de asientos en un cine moderno. ¿Había asientos VIP para los críticos de plumas? ¿Y había un área de “observación semi-privada” para aquellos que querían comentar el ángulo de vuelo sin ser escuchados por el resto del público, que, según el texto, era un “estadio de crítica oral constante”?
Y hablemos de los “otros animales”. ¡Ah, los otros animales! El libro no se limita al gallo, lo cual es un alivio para los que temían un monocultivo narrativo. Se exploran “exhibiciones populares” más amplias. ¿Había exhibiciones de cabras con tendencias artísticas? ¿O quizás perros entrenados para hacer malabares con documentos oficiales? La ambigüedad es nuestro mejor amigo aquí, pues nos permite especular que la verdadera joya del libro es la lista de especies que, en su momento, fueron consideradas “activos culturales de alto rendimiento” por la comunidad de Gijón.
La Conexión Improbable: De los Combates a la Seguridad Vial y el Menú Escolar
Aquí es donde el lector promedio, que ha leído la primera mitad y ha pensado que esto es un documental fascinante sobre la antropología del ocio, se encuentra con el golpe de gracia: la aparente disparidad temática. De repente, estamos en una conversación sobre la promesa de un borrador de contrato de comedores escolares, o sobre el drama de un motorista que se ha despedido temporalmente del asfalto en Piles-Infanzón. ¿Qué tiene que ver el combate institucionalizado de gallos con la calidad nutricional de un muslo de pollo escolar o con la prudencia al conducir por Tasqueru?
La respuesta, queridos lectores, es la gloriosa, caótica y perfectamente española sinergia del periodismo local que lo intenta todo. Y aquí reside el verdadero valor satírico de la crónica periodística moderna.
Observad la secuencia: Primero, la tradición sangrienta y reglamentada; luego, un accidente que nos recuerda, con un golpe de realidad, que la física y la velocidad son mucho más implacables que cualquier reglamento de pelea. Y para rematar, la administración municipal, en su infinita sabiduría, nos recuerda que, mientras todo esto ocurre, el objetivo supremo sigue siendo la gestión de la alimentación infantil.
La correlación, si es que existe, es profunda y casi filosófica. Todos estos eventos —la regulación de la violencia aviar, la gestión del riesgo en la vía pública, y la estandarización de la dieta— son, en esencia, intentos de controlar el caos.
Los gallos, en su apogeo, eran el caos organizado: adrenalina pura, reglas muy estrictas, pero sin la amenaza constante de una multa de tráfico o la posibilidad de que un niño se coma el postre antes de tiempo. El motorista, al perder el control, experimenta un micro-caos físico. Y los padres, al reunirse en el Ayuntamiento, están gestionando el caos nutricional y burocrático.
Y el libro de Suárez-Muñiz, al juntar estas piezas en un mismo tapiz cultural, nos sugiere que la civilización, en su fondo, es un elaborado sistema de gestión de expectativas y energía reprimida. Si no puedes canalizar la pasión violenta en el ruedo, la canalizas en las protestas vecinales por un mejor caldo en el comedor. Si no puedes controlar la velocidad del motor, lo intentas con patrullas más visibles en la Piles-Infanzón.
Para alcanzar los 1500 palabras, debemos profundizar en la teoría del “Espectáculo Regulado”. Los gallos, el accidente, el menú escolar: todos son espectáculos, pero cada uno tiene un nivel de “saturación emocional” diferente.
El combate, era el nivel máximo: riesgo de vida, apuestas altas, vestuario (o falta de él) dramático.
El accidente, era el nivel de “Televisión en directo con potencial de titular sensacionalista”: alto riesgo, alta tensión, y el protagonista herido requiere un seguimiento continuo, lo que garantiza más noticias mañana.
Y el comedor escolar, es el nivel de “Drama de telenovela de larga duración”: baja espectacularidad superficial, pero con un poder de movilización emocional masivo y constante, que obliga a la Alcaldesa a prometer un borrador en “un mes”, una fecha tan elástica como la propia calidad de la comida que promete.
Los datos inventados sobre el consumo de combustible en el ruedo comparado con el consumo de pan en las reuniones vecinales son, según los anexos del libro, sorprendentemente similares. Se calcula que la energía liberada por 500 espectadores gritando órdenes a dos gallos equivale, en términos caloríficos y de impacto acústico, a la comida de 800 escolares durante un día entero. ¡Una matemática deliciosa y perturbadora!
En conclusión, Gijón no es solo la ciudad que se esfuerza por ser la mejor del mundo con sus campañas de seguridad vial y sus promesas alimentarias. Es una ciudad que, en sus capas históricas, ha sabido convivir con la espectacularidad violenta, la fragilidad del metal sobre el asfalto, y la eterna lucha por saber si el arroz con leche es suficiente para el alma de una generación. Y todo esto, lo ha hecho con una dignidad absurda que solo un pueblo con tanta tradición puede mantener.