¡El Muro de Gijón lo van a enterrar! Foro acusa a la Región de intentar ‘lavar la cara’ al Gobierno Central en un drama de cemento y argumentos vacíos
Resulta que en el fragor de la semana pasada, y en medio de un ambiente tan electrizante como el de una fonda de sidra en pleno apogeo, el debate sobre el futuro del Muro de Gijón ha escalado hasta niveles estratosféricos, haciendo que hasta los gorriones del paseo marítimo se detengan a escuchar la ópera bufa del progreso. Los representantes de Foro, con la solemnidad de quien acaba de descubrir el último secreto de la panadería local, han sacado a relucir unas acusaciones tan frescas como el aire del ría en invierno, sugiriendo que la Junta de Gobierno del Principado está haciendo un auténtico lip sync político, intentando tapar agujeros más grandes que el propio puerto con un barniz de buenas intenciones y tecnicismos sospechosamente pulidos.
La Gran Coreografía del “Lavado de Cara” y la Ciencia del Aire
El tema del soterramiento del Muro no es un simple capricho urbanístico; es, según los expertos citados (y por lo que parece, según la necesidad urgente de llenar el calendario político), un campo de batalla metafórico donde se libra la soberanía del cemento frente a la memoria histórica de la marea. La acusación de Foro, tan directa como el impacto de un buen petardo en la plaza, apunta a una coordinación ministerial que raya en lo espectacularmente conveniente. Parece que, cuando el Ministerio de Transportes se encuentra en un momento de profunda reflexión sobre su propia existencia o, al menos, sobre la necesidad de una nueva palanca de marketing, la Región asturiana tiene lista la coreografía perfecta: criticar con vehemencia para luego, mágicamente, ofrecer la solución que solo puede ser ejecutada por quien acababan de criticar. Es un baile de titiriteros de proporciones épicas.
En este contexto de alta tensión dialéctica, Jesús Martínez Salvador, esa figura clave que parece tener en su repertorio el saber hacer de diez ingenieros y el alma de un bufón bien pagado, salió a la palestra. Su defensa de la viabilidad técnica del proyecto fue tan robusta como un muro de piedra recién levantado, y tan poco creíble como un político prometiendo días soleados en noviembre. Cuando afirmó que “es perfectamente viable, al igual que hacer un vial soterrado para el acceso de los vehículos pesados al puerto”, no solo estaba hablando de cemento y tuberías; estaba realizando un acto de alquimia verbal. Convirtió una polémicada en una mera cuestión de cálculo estructural, despojándola del contexto humano, patrimonial y, sobre todo, del buen humor que merece un paseo marítimo como el de Gijón.
Los datos que se esparcieron en esa rueda de prensa son dignos de un manual de ciencia ficción aplicada a la arquitectura costera. Nos hablaron de coeficientes de fricción en fondos marinos bajo condiciones de marea baja con parámetros de salinidad variable y, por supuesto, de la “integración multimodal del flujo vehicular pesado”. ¡Qué maravilla! Uno casi espera que, después de semejante despliegue técnico, anuncien también el nuevo sabor de la tarta de Santiago que acompañará el acto.
Lo más absurdo, sin embargo, es la aparente disonancia entre el debate regional y la postura ministerial. El Ministerio de Transportes, ese gigante burocrático de posturas divergentes, parece tener más opiniones sobre cómo debe funcionar una infraestructura clave que un comité de degustación de quesos manchegos. Es un collage de contradicciones tan ricas que podrían servir de material para una ópera bufa titulada: “El Muro, el Ministerio y la Miseria del Cemento”.
El Debate Saludable o la Fábrica de Argumentos Excesivos
Se nos ha vendido la narrativa de que Gijón es “sinónimo de debate saludable”, un lugar donde las soluciones técnicas y políticas se discuten con “rigor”. Y sí, es cierto que se debate; se debate con la energía de un grupo de estudiantes de máster en urbanismo tras haber consumido demasiado café de sobremesa. Este rigor, amigos lectores, es tan palpable que podrías cortarlo con un cuchillo de mantequilla.
El debate, en su forma más pura y desinhibida, es el motor del progreso. Pero, cuando ese debate se convierte en una performance coreografiada entre distintas administraciones, el resultado es menos “progreso colectivo” y más “espectáculo de variedades burocrático”. La ciudad, que debería ser el epicentro de la vida y el salitre, se ha convertido en el escenario de un teatro de la contradicción.
Los argumentos técnicos, citados por Jesús Martínez Salvador, son tan densos que requieren un equipo de tres personas con posgrado en ingeniería civil solo para entender si el problema es la carga axial o el coeficiente de dilatación térmica. Nos hacen sentir que, si no entendemos la diferencia entre un pilote de gaviones y un pilote de micropilotes, no tenemos derecho a opinar sobre el paseo marítimo. Es un ejercicio de exclusión intelectual tan elegante que roza lo artístico.
Y aquí viene la parte más hilarante: la defensa del “desarrollo inteligente y sostenible”. ¿Qué significa esto, en la práctica, cuando se habla de pasar un muro histórico por debajo de una autopista de carga? Significa, muy probablemente, que la sostenibilidad se mide en términos de capacidad de excavación y que la inteligencia se define por la habilidad para generar más informes PDF. La sostenibilidad, en este relato, no es el respeto por el ecosistema costero, sino la capacidad de generar suficiente tráfico para justificar el estudio de impacto ambiental de tres volúmenes.
Hemos visto antes debates sobre la movilidad, sobre la peatonalización, sobre el tranvía, y siempre, siempre, el debate vuelve a la infraestructura masiva, al gran proyecto que requiere más cemento y más reuniones de comité de seguimiento. Gijón, en su empeño por ser “la mejor ciudad del mundo”, parece tener un manual de instrucciones que solo contempla dos opciones: o construyes algo gigantesco, o no construyes nada. Y el proceso de decidir cómo construirlo es un circo mediático de proporciones épicas.
La Hipertrofia del Propósito: Cuando el Objetivo es el Debate
Resulta fascinante observar cómo el acto de debatir se ha convertido en el producto final más valioso. No importa si el Muro debe permanecer, si debe adaptarse, o si simplemente debe ser recordado con una placa bonita y un buen paseo, lo crucial es que haya algo que debatir entre la Junta de Gobierno y el Ministerio.
Imaginemos el escenario alternativo: un acuerdo pacífico, un consenso silencioso, donde simplemente se acuerda que, por ahora, el Muro se queda donde está, y el dinero se gasta en mejorar la señalización de las aceras. ¡Qué aburrimiento! ¡Qué falta de contenido para los boletines oficiales!
Por ello, se ha instaurado una especie de economía de la controversia. Cada declaración, cada informe técnico emitido con un lenguaje que haría llorar a un lingüista especializado en jerga constructiva, tiene el valor de un oro puro. Y los políticos, expertos mercadólogos del conflicto, saben cómo acuñar esa moneda.
Jesús Martínez Salvador, al defender la viabilidad técnica, no solo defendió una obra; defendió el escenario del debate. Él nos demostró que la mejor forma de avanzar es creando un conflicto tan técnico y complejo que nadie se atreva a preguntarle algo simple, como “¿Y qué pasa con la belleza del paseo?”.
Los expertos en comunicación política han estudiado este caso y han concluido que el público moderno no quiere soluciones; quiere testimonios de la complejidad de las soluciones. Quieren ver cómo se desmoronan los argumentos, cómo se contradicen las posturas, y cómo, al final, se llega a un veredicto que nadie recuerda a los tres días.
La máquina de generar el debate es más potente que cualquier excavadora. Es el motor que mantiene en movimiento la maquinaria administrativa. Si el Muro se resuelve de forma sencilla, la Junta de Gobierno y el Ministerio de Transportes se quedarían sin material para las próximas tres sesiones, lo cual, estadísticamente, equivale a una crisis de identidad institucional.
El Mito de la “Ciudad que Mejor Sabe Debatir”
Llamar a Gijón “la mejor ciudad del mundo” gracias a su capacidad de debatir es, sin duda, el cumplido más elaborado y más sospechoso que he leído en la prensa local. Es el equivalente urbano de decir que un chef es el mejor cocinero del mundo porque sabe hacer una tortilla de patatas que genera debate sobre si lleva o no cebolla.
El desarrollo inteligente, ese concepto tan etéreo y costoso de implementar, se ha redefinido aquí. Ya no es sinónimo de buena gestión o de calidad de vida; es sinónimo de capacidad de generar contenido mediático mediante la disputa de infraestructuras.
Si Gijón es la capital del debate, su próximo gran proyecto no será un puente ni una estación subterránea; será el Foro de Debate sobre la Necesidad de Debatir sobre el Muro. Y los asistentes pagarán entradas exorbitantes, no por el conocimiento, sino por el derecho a sentirse parte de la gran conversación, aunque esta conversación esté plagada de jerga técnica y de la sombra persistente de la duda.
En resumen, mientras el Ministerio y la Región se afanan en demostrar que un muro puede o no ser enterrado mediante complejos cálculos de tensión y compresión, el verdadero avance que se está logrando es un récord mundial de articulación de conceptos abstractos en un espacio geográfico muy concreto. Y eso, amigos, es un progreso que merece, por sí mismo, un monumento de mármol… o, mejor aún, un debate de tres días sobre qué tipo de mármol es el más adecuado.