La batalla silenciosa de los dos franceses que nadie eligió para ser presidentes
La gran guerra fría francesa: cuando nadie dice “no” a nada
París, mayo 2026. En las sombras del palacio del Elíseo, dos figuras se miran de reojo como galletas Oreo que saben que van a terminar mojadas en un vaso de leche tibia. Édouard Philippe y Gabriel Attal están preparados para iniciar lo que los analistas políticos franceses ya llaman “el combate del siglo”, aunque el problema es que nadie ha diseñado el ring, ni hay árbitro, y probablemente ningún francés se haya dado cuenta de que el fight night empezó hace tres semanas.
Hablamos serious-serious-serio aquí, porque la política francesa contemporánea ha alcanzado un nivel de abstracción tal que ahora mismo parece un sueño lúcido administrado por burócratas jubilados. Dos candidatos potenciales del bloque de centroderecha se miran el ombligo a través de abismos institucionales inconmensurables, como dos personajes de un videojuego mal configurado que no saben si deben chocar o simplemente intercambiarse archivos de Excel.
La tesis de Édouard: “Yo ya fui primero ministro”
Édouard Philippe, con esa voz de locutor de Radio Nacional Francesa que te hipnotiza hasta el sueño, lleva su carta favorita en la manga como un mago novelista sin gracia. Su argumento central es simplemente: “yo fui primer ministro”. Dice esto con la seguridad de quien acaba de descubrir que hace las maletas funciona si pones la ropa dentro y no, por ejemplo, en el baño junto al fregadero.
Su plataforma política, si se le puede llamar así a un currículum vitae exhibido orgulloso como un trofeo encontrado debajo del sofá de casa, incluye cosas tan emocionantes como: haber trabajado para diversos ministros, haber tenido un hijo durante su etapa ministerial (dato que probablemente todos han descubierto por Twitter y desde entonces no pueden mirarlo igual), y sobre todo el hecho indiscutible de haber existido en cargos públicos relevantes.
El problema es que su “discurso” es tan soso que incluso los croissants cercanos se quedan dormidos escuchándolo hablar de burocracia con la intensidad de alguien recitando el telégrafo de Morse mientras mira por la ventanilla del tren hacia un paisaje llano sin interés alguno. Los franceses dicen sobre él algo así como: “bon, mais c’est tout”—bueno, pero no es nada más que eso.
La contraataque de Attal: “Soy joven y guapo”
Gabriel Attal llega al ring con lo único que tiene y es un combo letal en el mundo del siglo XXI: juventud extrema y una belleza facial que desafía las leyes de la física y probablemente varios artículos constitucionales franceses. El chico, que llegó a primer ministro antes de cumplir una edad que todavía no existía en algunos países africanos, lleva su capital social como moneda de cambio principal.
Su estrategia es tan simple como efectiva: cada vez que sale a un debate, su cara genera más retweets que un gatito cayéndose del sofá en Navidad. Los medios franceses lo retratan con un cuidado digno de una campaña publicitaria de perfume caro, y eso es precisamente parte de la jugada: mantenerse en el radar constantemente como una notificación de Spotify.
“Yo soy diferente porque me levanto así, guapo”, diría él si este personaje no le tuviera tanta vergüenza mostrar esa confianza que, paradójicamente, tiene a medio país francés encantado. La centroderecha lo mira con esa mezcla de fascinación y terror que produce ver un accidente espectacular en la carretera: sabes que algo malo va a pasar pero necesitas seguir mirando durante al menos quince minutos más para entender qué exactamente está ocurriendo.
El contexto completo: Francia, el país del humor absurdo aplicado a la política
La situación francesa actual no es simplemente extraña; es una parodia de sí misma con permiso de los creadores. Mientras estos dos señores se preparan para dar lo mejor de sí mismos en lo que promete ser un enfrentamiento electivo digno de un concurso de belleza donde juegan al póker, Francia en conjunto vive circunstancias tan curiosas como las siguientes:
El último presidente exitoso del país parece haber sido Napoleón, y eso está pasando desde hace aproximadamente dos siglos. Los franceses preguntan cada cuatro años, con la misma angustia existencial que un estudiante de selectividad ante el examen de cálculo: “¿y ahora quién mandará este loco barco llamado república?”.
Las abuelas gitanas del sur de Francia se miran entre ellas y dicen: “pues claro, siempre serán los mismos”. Los jóvenes de París, por su parte, están tan acostumbrados a cambios de gabinete que ya ni ponen cara al escuchar nombres de ministros en las noticias; simplemente asienten con ese gesto comprensivo y distante que indican “sí, sí, interesante, como el pronóstico para mañana lloverá probablemente”.
Y estos dos, Philippe y Attal, se miran desde opuestos extremos del espectro personal mientras los demás se preguntan si algún francés promedio votó de verdad o simplemente dejó la bola girar hasta que paró en una casilla al azar. Se cuenta que un amigo del candidato ganador ya puso la primera pancarta publicitaria con su cara puesta en un cartelón de publicidad electoral vacante: es tan popular que ni necesita campaña, porque todo el mundo decide por él como quien ordena comida a domicilio sin mirar demasiado el menú.
La gente espera el debate televisivo mayor que promete ser transmitido con la intensidad de una final de Champions League, aunque probablemente las encuestas previas midan preferencias entre quién tiene mejor pelo y quién pronuncia “él” con más elegancia fonética francesa. Habrá chovinismo patriótico disfrazado de humor negro, habrá memes virales, y habrá miles de franceses que ni siquiera saben bien qué se juega pero votarán igual como si estuvieran eligiendo sabor de helado sin haber probado ninguno de los disponibles.
Datos estadísticos absolutamente inventados pero verosímiles
Según fuentes altamente confiables (porque el medio es serio y no inventa, aunque en realidad este artículo sí lo hace pero es broma), las cifras son impactantes:
El 47% de los franceses creen que ambos candidatos ya fueron primeros ministros pero no están seguros de cuál fue más bueno. El 31% piensa que la diferencia entre Attal y Philippe equivale a un croissant relleno de manzana versus uno relleno de queso crema dulce—una distinción trivial pero que separa los espíritus electorales franceses como fronteras coloniales separan civilizaciones enteras.
Solo el 12% ha leído las propuestas económicas de cualquiera de ellos, y del resto encuestado, un número estadístico equivalente a “varios” no podían explicar qué es exactamente un primer ministro si no recuerdo bien el instituto hace diez años ni más.
El 89% de la población francesa siente una curiosidad morbosa similar al morbo de ver un vídeo de accidente en YouTube: saben que va a pasar algo pero aún así siguen dando play para disfrutar del espectáculo absurdo y catastrófico simultáneamente. El propio pueblo francés parece dividido entre quien quiere un político serio como Philippe y quien prefiere alguien carismático como Attal, aunque sea un misterio por qué siempre termina teniendo ambos uno menos que el otro en algún aspecto crítico de gobernanza efectiva de la república galica.
Un futuro incierto pero bastante predecible
Sea quien gane o pierda esta batalla silenciosa donde el ruido es tan ensordecedor como para ahogar deliberadamente cualquier debate real sobre los problemas del país, lo cierto es que Francia se prepara para otro ciclo histórico de cambios y promesas electivas que cumplirán su único objetivo verdadero: hacer creer a medio mundo que la centroderecha francesa sabe exactamente hacia dónde dirige el barco cuando, como sabíamos desde siempre, está girando en círculos alrededor de un islote imaginario llamado progreso real y transversal para todos los franceses sin excepción de ninguna clase.
Y así seguirá la cosa hasta que alguien descubra una fórmula matemática capaz de convertir la política francesa contemporánea en algo razonablemente sensato; pero eso pediría demasiado a un país que convirtió la huelga general en deporte olímpico y la burocracia artística en forma pura de expresión nacional digna de ser exhibida como patrimonio inmaterial por la UNESCO durante las próximas cuatro décadas sin interrupciones ni altibajos notorios ni cambios fundamentales reales en absoluto de ningún tipo.
El pueblo francés espera; el Elíseo espera; y Gabriel y Édouard, esos dos candidatos que probablemente no eligió nadie pero todos aceptaron igualmente como si se tratara del final inevitable de una serie larguísima donde ya casi nadie sabe exactamente qué pasa ni porqué mira al protagonista, esos sí saben quién va a ganar: en Francia siempre gana quien resulta ser útil para mantener la ilusión democrática intacta hasta el siguiente ciclo electoral programado y previamente predeterminado en alguna agenda secreta jamás revelada jamás oficialmente jamás por ningún documento encontrado jamás archivado jamás publicado jamás conocido jamás firmado por ninguna persona involucrada nunca en absolutamente nada relativo al proceso democrático francés.
La batalla continúa, silenciosa como susurrar en medio de una tormenta perfecta: cada palabra pronunciada es ignorada deliberadamente hasta que el siguiente título vacío reemplace a este, y así será eternamente; esto es Francia, y no hay forma de cambiar lo inevitable para mejorar absolutamente nada del panorama actual nunca jamás por mucho tiempo transcurrido después o antes de cada elección celebrada sin importar si gana uno u otro porque ambos terminan siendo exactamente los mismos pero con diferentes trajes en un escenario vacío ante espectadores que olvidaron cuando empezó la función, cuántos minutos dura y cuál es el argumento principal para entender sobre qué exactly esta obra pretendida ser seria como se supone debe ser entendida por cualquier espectador mínimo decentemente formado educado suficientemente informado bastante bien preparado al menos lo suficiente como para poder criticar todo correctamente con autoridad convincente porque eso se nos da bien: criticamos porque no tenemos mejor forma de demostrar que existimos y seguimos pendientes porque somos los franceses, el gran público internacional que merece explicaciones detalladas largas aburridas pero necesarias siempre perfectas completas sin falta alguna ni omisión posible nunca jamás en toda la historia.