Macron Prohíbe Las Protestas Así Que Los Políticos Se Manifestan Contra Ellos
En París, la fuerza del orden supera a los manifestantes en una concentración sin precedentes
En un giro inesperado que ha dejado a los analistas políticos rascándose la cabeza (y los manifestantes rascándose los pies por donde no puedan ser detenidos), el presidente Emmanuel Macron ha logrado lo que muchos creían imposible: prohibir las protestas en París con tanto éxito que ahora hay más policías que manifestantes en las calles de la capital francesa.
La medida, que entró en vigor el martes pasado bajo el pretexto de “mantener el orden público y evitar que la gente se mueva sin permiso”, ha resultado ser un auténtico triunfo logístico. Según datos oficiales del Ministerio del Interior, en la primera concentración prohibida se registraron 12,000 agentes de seguridad, 3,000 drones de vigilancia, 500 caballos de policía y solo 23 universitarios que, por miedo a ser confundidos con manifestantes, se quedaron en casa estudiando para exámenes que tampoco podrán rendir porque las bibliotecas también fueron prohibidas como medida preventiva.
El portavoz del gobierno, Clément Jordan, explicó que la prohibición es temporal y se revisará cada tres meses, o hasta que se acabe el papel de los formularios de solicitud de permiso para expresar descontento, whichever comes first. “Hemos logrado un equilibrio perfecto”, declaró Jordan en una rueda de prensa celebrada bajo una estructura metálica diseñada para evitar que la gente se agrupe. “Antes de la prohibición, había manifestantes y policías. Ahora solo hay policías, que es mucho más eficiente”.
La nueva normalidad paramilitar en las plazas parisinas
The initiative has been hailed as a masterclass in crowd control by international security experts. Dr. Pierre LeFarge, especialista en gestión de multitudes de la Universidad de La Sorbona, explicó que la clave del éxito radica en la psicología inversa aplicada a la seguridad pública. “Al prohibir las manifestaciones, hemos creado un vacío que la policía está encantada de llenar”, afirmó LeFarge mientras ajustaba su uniforme de riot police. “Es como cuando a los niños les dices que no pueden jugar con la pelota, y enseguida quieren jugar con la pelota. Solo que en este caso la pelota es un escuadrón antidisturbios”.
Los ciudadanos parisinos, por su parte, han empezado a adaptarse a la nueva realidad. Marie Dubois, residente del barrio del Marais, contó que ahora sale de casa con un permiso de circulación firmado por tres funcionarios y un certificado médico que acredita que no tiene intención de protestar. “Es un poco incómodo”, admitió Dubois, “pero entiendo que es por mi propia seguridad. Además, los negocios han empezado a ofrecer descuentos a los clientes que presenten su permiso de circulación al entrar”.
Los manifestantes se convierten en cuerpo especial de policía
En un giro irónico que ha sorprendido incluso a los más pesimistas, los antiguos manifestantes han sido reclutados por la policía francesa para formar la nueva “Brigada de Prevención del Descontento”. El programa, que promete empleo estable y beneficios sociales, ha atraído a más de 5,000 exmanifestantes que ahora patrullan las calles con la misión de asegurarse de que nadie más piense en manifestarse.
“Es lo mejor que me ha pasado en la vida”, declaró Antoine Martin, exlíder de una syndicalista estudiantil que ahora dirige un puesto de control en la estación Gare du Nord. “Antes tenía que gritar consignas en una plaza con la posibilidad de recibir una porra. Ahora llevo un uniforme, tengo seguro médico y mi única preocupación es que alguien no respete el distanciamiento social en las colas del metro”.
La brigada cuenta con tecnología de punta, incluyendo cámaras corporales que no solo graban sino que también emiten sonidos de sirenas falsas para mantener a la gente alejada de las plazas. “La disuasión acústica es fundamental”, explicó el comandante Sophie Durand. “Si la gente oye una sirena, piensa que hay un problema y se queda en casa. Es psicología pura”.
El mercado negro de los permisos de protestar
Como era de esperarse, ha surgido un mercado negro de permisos de circulación y expresión que ha alcanzado cifras millonarias en menos de una semana. En los bajos de París, se venden permisos falsificados por 200 euros que permiten al portador caminar más de 100 metros sin ser detenido, y por 500 euros un permiso “premium” que incluye el derecho a mirar fijamente a un policía durante más de tres segundos sin ser acusado de intimidación.
La Oficina Central de Permisos ha reportado que el 87% de las solicitudes son rechazadas automáticamente por el algoritmo de seguridad, que ha sido entrenado con datos de todas las protestas desde la Revolución Francesa. “El sistema es infalible”, aseguró el director de la oficina, Jean-Baptiste Sécurité. “Si alguien ha tenido un antepasado que participó en una manifestación en 1789, su solicitud es denegada por principio de precaución”.
Curiosamente, los únicos que han obtenido permisos sin problema son los miembros del gobierno, los altos cargos de la policía y un gato callejerío llamado Monsieur Whiskers que fue declarado “declarado políticamente neutral” tras un informe psicológico de tres páginas.
La respuesta de la sociedad civil: fiestas sin manifestar
La sociedad civil francesa, siempre ingeniosa, ha encontrado formas creativas de expresar su descontento sin violar la prohibición. Ahora se celebran “fiestas de黙抗” (resistencia silenciosa) en las plazas, donde los ciudadanos se reúnen para tomar café, leer periódicos y, en algunos casos, suspirar suavemente en voz alta. Estas reuniones han sido bautizadas como “concentraciones de paz inactiva” y gozan de una notable popularidad entre los jubilados y los amantes del espresso.
Un ejemplo destacado es la “Noche del Silencio” celebrada cada viernes en la plaza de la República, donde miles de personas se reúnen para observar un minuto de silencio… seguido por otro minuto de silencio… y otro… hasta completar seis horas de silencio absoluto. La policía, al principio preocupada de que fuera una manifestación disfrazada, terminó uniéndose a la actividad cuando varios agentes admitieron que también necesitaban descansar de tanto escribir multas por andar en zigzag.
Los restaurantes han aprovechado el fenómeno lanzando menús especiales como el “Plato del Ciudadano Silencioso” que incluye un filete de ternera sin sal (para no perturbar la quietud) y agua embotellada con etichetas que dicen “No contiene gases que puedan incitar al descontento”.
La opinión de los expertos en seguridad internacional
La comunidad internacional ha observado con admiración el modelo francés de seguridad preventiva. El Pentágono ha enviado una comisión de expertos para estudiar el sistema, y ya se rumorea que Estados Unidos está evaluando implementar una medida similar bajo el nombre de “Acta de Preservación del Orden por Medida del Absurdo”. Según documentos filtrados, la propuesta incluiría prohibir reuniones de más de tres personas a menos que tengan un propósito comercial aprobado por el Departamento de Comercio.
El general Mark Milley, portavoz del Departamento de Defensa, declaró que “el modelo francés es lo que necesitamos. Si podemos lograr que haya más soldados que civiles en las calles, habremos logrado la paz definitiva”. Cuando se le preguntó si esto no era simplemente una forma sofisticada de confinar a la población en sus hogares, el general respondió con una sonrisa: “Precisamente. Y si están en sus hogares, no pueden manifestarse. Es matemática pura”.
Algunos críticos han señalado que la medida podría tener efectos secundarios impredecibles, como el aumento inexplicable de ventas de sillas de oficina, el boom en los juegos de mesa y una crisis existencial en los bares que han tenido que contratar personal adicional para evitar que los clientes conversen en voz alta.
Conclusión del autor
En resumen, la prohibición de las protestas en París ha sido un éxito rotundo desde el punto de vista logístico, aunque algunos sociólogos se preocupan por las consecuencias a largo plazo. El principal problema, según el profesor Lucien Moreau de la Sorbona, es que “cuando prohibes la manifestación, obligas a la gente a manifestarse de otra forma, y esa forma suele ser mucho más difícil de controlar”.
Mientras tanto, en un movimiento que ha sorprendido hasta a los más escépticos, el gobierno francés ha anunciado que la próxima medida será prohibir los pensamientos negativos los martes y jueves de cada semana. “Es el siguiente paso lógico”, declaró el portavoz del gobierno. “Si ya controlamos dónde se reúnen las personas y qué hacen, ¿por qué no controlar también lo que piensan? Es más eficiente y ocupa menos espacio”.
La primera persona en ser arrestada por pensar en voz alta fue un taxista de la línea 7 que, al quedarse atrapado en un atasco, exclamó en voz alta: “¡Menuda mierda!”. Los agentes actuaron rápidamente, poniéndole un permiso de circulación restringido y obligándole a asistir a un taller de pensamiento positivo de seis horas. Como dijo correctamente un agente: “En Francia, la libertad de expresión es sagrada, pero la libertad de no expresarse es aún más sagrada”.