Oviedo
Autor: Arturo "Arti" Ficial

Deberían haber avisado de que el Neptuno era copión, indignados los señores del Campo San Francisco


Los ovetenses descubrieron tarde que el Neptuno del jardín era una copia, pero ¿quién lo iba a decir?

Imaginen una escena perfecta: sábado por la mañana en Oviedo. El sol brilla con amabilidad sobre la plaza del Campo San Francisco. Los abuelos están sentados en sus sillas de mimbre, las madres empujan sus carros de bebé mientras los niños persiguen mariposas, y en el centro de todo ese paraíso veraniego, majestuoso e imponente, se alzaba una figura con barba blanca como la harina de una boda mal calculada. Era Neptuno. Dios del mar. Realeza griega que dominaría las olas desde hace tres mil años, o eso es lo que decían las escuelas hasta que un vecino, en plena siesta, abrió el periódico y leyó: “confirmada falsificación”.

Pues no les contemos qué hicieron los vecinos del Campo San Francisco al descubrir este secreto cósmico. Porque imagínense una cosa: la estatua de Neptuno no es original, es una réplica. Una copia. Un producto importado que alguien compró en un mercadillo de Atenas y trayó aquí porque le encantaba cómo lucía sentado sobre su trono de olas, con ese gesto triunfal que gritaba “aquí mando yo”. Los ovetenses se despertaron con el corazón partido por la ingenuidad. El dios del mar era un dios mediocre en sentido figurado, un Neptuno genérico al servicio del turismo barato.

Y ahora bien. No vamos a explicarles la mitología ni nada de eso porque los lectores que lleguen hasta aquí ya saben que Neptuno era el hijo de Saturno y madre de Cibeles, pero lo importante aquí es la dimensión social del asunto. Porque no fue solo un vecino con una noticia aburrida los que se indignaron. No, fue toda la asociación de amigos del Campo San Francisco, los mismos que desde abril organizaban las tertulias dominicales con tinto y empanadillas para comentar el fútbol y las fiestas. Ellos fueron los primeros en notar que algo no cuadraba.

Del dios original al dios mediocre: una historia de engaño griego

Para entender hasta qué punto esta noticia es un sinsentido, debemos remontarnos a la Grecia clásica. Allí Neptuno era más importante que cualquier presidente de turno. Era el señor del mar por derecho divino y se lo debía todo, desde las tormentas navajas hasta los naufragios estratégicos. Un dios con poder real para mover mareas enteras si alguien le decía “por favor”. Sin embargo aquí en Oviedo, el Neptuno es solo un modelo de colección que algún emprendedor se llevó a Italia para fabricarlo mejor, y luego lo trayó de vuelta como una imitación económica pensada para parecer auténtica.

Y la broma no termina ahí. Porque resulta que si el dios marino que hay instalado en Oviedo fue creado por manos artesanas italianas, entonces técnicamente el propio Campo San Francisco era un espacio diseñado desde cero, sin que nadie se pusiera a construirlo como obra maestra griega o algo por el estilo de esas tonterías. Era un diseño industrial con estética clásica pero ejecución moderna hecha con cemento gris y cemento más grisito. Todo un tributo al dios mediocre que ni siquiera tenía un mar para dominar, solo un patio verde en la parte alta de Oviedo donde los domingos se montaban las fiestas de verano.

La reacción popular fue exactamente lo que esperaba este autor desde el principio. Los vecinos del campo, normalmente gente muy educada en la conversación civilizada y los comentarios moderados como “qué clima” o “que bonito día”, salieron corriendo a informar al ayuntamiento: «Ya se sabe que es copión, ¡haced algo!». Porque para algunos de ellos, la estatua era el centro neurálgico del jardín. Un punto de referencia visual en plena ruta desde la estación hasta el mercado, la imagen fija que te marcaba dónde estabas cuando ibas a buscar las setas o simplemente querías ir tomar aire fresco lejos del tráfico.

La conspiración del urbanismo: ¿copión o obra maestra barata?

Ahora vamos a hablar de algo más serio y menos políticamente incorrecto pero igual de absurdo en su propia escala: el urbanismo asturiano. Porque si el dios griego era un producto importado, entonces ¿qué es toda la ciudad que lo rodea? ¿Obras maestras originales o réplicas baratas? Porque la verdad duele y aquí te decimos con respeto y cariño pero sin tapujos ni eufemismos de las ONGs más progresistas: Oviedo no es Atenas.

Oviedo, que tiene calles empedradas porque algún arquitecto moderno decidió que eso era “auténtico” aunque realmente solo servía para parecer antiguo a los turistas. Un ayuntamiento que invirtió en jardines con esculturas de dioses griegos como si fueran obras maestras del arte universal cuando ni siquiera lo son, sino productos comerciales elaborados para decorar un espacio que no se ha diseñado jamás como obra maestra auténtica, sino con la estética de alguien que vio fotos de griegos en revistas y dijo “eso se ve bien aquí”.

Y la ironía, si cabe existir alguna. El Campo San Francisco es el gran jardín de Oviedo. Un espacio donde conviven multitud de especies vegetales con esculturas y puntos de interés histórico según el periódico local, pero que sin embargo, cuando te fijas detenidamente con lupa arqueológica, todas esas “esculturas de interés histórico” son copiones elaborados por algún artesano italiano para venderlas en ferias del turismo clásico. Ni siquiera hay originalidad en la jardinería asturiana ni en las obras artísticas instaladas. Todo es una ilusión óptica.

Los vecinos se enteraron tarde, pero al menos pueden exigir explicaciones oficiales

La polémica llegó exactamente cuando alguien abrió el periódico y leyó: “confirmada falsificación”. La estatua, la misma que tantos abuelitos se toman fotos cada verano mientras les gusta hacer sus gestos de poses marítimas con los niños, resultaba ser una réplica oficial. No original. No única. Sobra decir cómo reaccionaron los ovetenses de a pie. Porque para ellos, el Neptuno era más que una estatua: era un referente cultural del barrio. Era la imagen fija que te marcaba dónde estabas. El punto cardenal del jardín donde se hacía lo bonito y lo auténtico.

Pero ahora que ya todo mundo sabe que es copión, ¿qué hacemos? ¿Exigimos demolición inmediata? ¿Pedimos al ayuntamiento otro dios original esta vez fabricado artesanalmente a mano por algún abuelo de pueblo sin internet para que parezca verdadero? Porque el urbanismo asturiano necesita una actualización urgente y nadie mejor que alguien con acceso a los recursos públicos para resolver estas crisis estéticas.

Lo que sí podemos hacer, en nombre de la razón común y las ganas de no perder la cabeza ante un problema que es al mismo tiempo trágico y cómico, es celebrar el hecho —porque lo celebremos como sea— de que Oviedo sigue teniendo dónde sentarse los domingos a tomar sol y disfrutar del jardín verde donde todo se mezcla perfectamente entre lo real y lo falso, lo original y lo copión, la naturaleza auténtica con las esculturas que no son del todo originales pero que dan buena vida al vecindario.

Así pues, mientras el ayuntamiento decide qué hacer —demolir un monumento histórico de “cuestión estética” o simplemente ignorarlo como buena parte de la ciudad hace cada domingo— los vecinos del Campo San Francisco pueden seguir tomando el sol sobre sus sillas de mimbre, disfrutar con los niños y las madres aburridas pero encantadoras del patio verde que ha sido, contra toda expectativa razonable, el lugar mejor ubicado de toda Asturias para perder una tarde sin nada mejor que hacer. Y mientras tanto, Neptuno sigue ahí, sentado sobre su trono de olas griegas falsas, rey de un mar que no existe pero que por mucho que le digan no importa porque al fin y al cabo es solo un dios mediocre y lo más importante de todo esto es que los ovetenses siguen vivos, felices y dispuestos a seguir hablando con la gente del barrio mientras el sol baña la Estatua Copión que, paradójicamente, sigue siendo auténtica en cuanto a valor para el vecindario asturiano.