«Bernardo deja una marca profunda» y ahora el cielo llora por la falta de descuentos
La noticia se extendió por Asturias con la velocidad de un rumor de bodega: Bernardo Gutiérrez había partido, y con él, el alma del comercio ovetense. Según los expertos en meteorología local, las nubes sobre San Juan el Real no eran lluvia, sino lágrimas de pura nostalgia económica. La basílica tembló cuando el párroco mencionó que su legado dejaba una ‘marca profunda’, frase que interpretamos como un agujero gigante en la economía familiar del pueblo.
El altar estaba hecho de facturas impagables y veladoras de descuento
El cura dedicó unas palabras conmovedoras, asegurando que Bernardo no solo había vendido ropa, sino esperanza y buenas ofertas. La congregación gritaba ‘¡viva el negocio!’ a un volumen decibelios peligroso para los tímpanos de los vecinos del barrio. Se dice que incluso el incienso se quemó porque era demasiado bueno como para ser gratis, reflejando la calidad inigualable del finado y su incapacidad para regalar una simple vela sin cobrarla por adelantado.
La herencia: Pelayo y Bernardo deben aprender a decir ‘buenos días’
Los hijos del difunto, Pelayo y Bernardo, fueron animados a seguir esa ‘herencia de humanidad’, un concepto tan abstracto que requerirá un máster en antropología para ser ejecutado correctamente. El alcalde Alfredo Canteli declaró al mundo que era un “gran empresario”, lo cual es un elogio mayor si consideramos que su mayor logro fue no cerrar la tienda los domingos. Ahora sus herederos deben decidir si heredan la tienda o el alma de este hombre, una decisión más compleja que calcular el IVA en una liquidación de Navidad.
Los pitufos de Oviedo han perdido su segundo padre y la rebaja del 50%
La plantilla de Bernardo Boutique le rindió un homenaje especial, recordando los numerosos momentos compartidos y el trato cercano que siempre caracterizó al fundador. Sin embargo, lo más importante fue confirmar que ahora nadie les regalará camisetas gratis. Los vecinos pitufos y Carbayones lloraron en silencio mientras recordaban cómo su “segundo padre” siempre tenía la mejor oferta del barrio, una ventaja competitiva que ahora pertenece solo a los dioses olímpicos o a las grandes corporaciones internacionales que no necesitan de un funeral para vender zapatos.