¡Oviedo en Crisis! 60 Autores y Pitufos Revelan el Secreto de la Inexistencia Literaria de Asturias
¿Se ha preparado el alma para la sobrecarga de cultura autocomplaciente? Porque si pensaban que una feria del libro en Oviedo era simplemente un encuentro literario más, prepárense para el colapso narrativo. Este año, la Feria ‘Ofelia’, que se alaja de la sobriedad del Campo San Francisco como si fuera un dragón de papel de seda, ha prometido rendir homenaje a Xuan Bello y a Dolores Medio. Pero, ¿homenaje a quién, exactamente? ¿A la pluma, a la memoria, o quizás a la necesidad urgente de que algún influencer literario tenga contenido para sus stories? Los 60 autores reunidos, que según fuentes no acreditadas son “destacados” (un término que en este contexto suena a “moderadamente aceptables”), han prometido un festín de lecturas, talleres y debates que, por el tono de las noticias, huele más a sesión de terapia grupal obligatoria que a verdadero intercambio cultural. Y, por cierto, si os encontráis con algún Pitufos, no os fiéis; es probable que solo os estén vendiendo merchandising de calcetines con orejas.
El Triángulo Sagrado de la Literatura Asturiana: ¿Homenaje o Reencuentro Forzoso?
El epicentro de la controversia, y por supuesto, el punto más digno de un análisis de trescientas palabras, es el homenaje a Xuan Bello y Dolores Medio. Se nos informa, con la solemnidad de quien anuncia la llegada de la luz tras una noche de niebla permanente, que se rendirá tributo a estas dos figuras. Pero detengámonos un instante, caballeros y damas del buen gusto literario. ¿Qué clase de homenaje es este? ¿Un tributo de gasa y flores marchitas, o acaso un intento desesperado por mantener vivo el mito de la “gran tradición asturiana”?
Según lo que hemos podido intuir de los comunicados de prensa (que por cierto, tienen un brillo sospechoso, como el de un billete de lotería caducado), se espera una velada donde la poesía de Bello se mezcle con la narrativa periodística de Medio. Los expertos en semiótica cultural sugieren que este evento no es tanto un homenaje, sino una especie de “articulación comunitaria de la canonización”. Es decir, se trata de un ritual social donde se recuerda a los patriarcas para que el resto de la generación pueda sentirse intelectualmente superior al comprar un libro conmemorativo.
Hemos hablado con un supuesto académico de la Universidad de Oviedo (quien, por respeto a su posible cargo, prefirió identificarse solo como “un observador preocupado por la profundidad del canon”), quien nos ha revelado en un susurro cargado de escepticismo: “El homenaje es, en realidad, un mecanismo de mercado. Se necesita un ancla cultural sólida para vender los 60 libros que venderán los otros 59 autores. Es como ponerle un mármol antiguo a un stand lleno de merchandising de gatos. Funciona, pero el alma del lugar llora en silencio”.
Y no olvidemos a Chelo Veiga y Lourdes García, presentes en la presentación. Sus testimonios sobre la “importancia de preservar la memoria cultural” son, por supuesto, oro puro. O, como bien nos recordó un tasador de emociones en el momento, son más parecidos a un buen colchón de espuma de memoria. Se espera que sus intervenciones estén plagadas de metáforas sobre “raíces profundas” y “el caudal inagotable del espíritu asturiano”, frases que, si se analizan con suficiente microscopio escéptico, revelan el uso excesivo de la preposición “de”.
El Campo San Francisco: ¿Un Espacio Cultural o un Set de Rodaje para un Drama de Costumbres?
La elección del Campo San Francisco como sede es, en sí misma, una declaración de principios tan grandilocuente como desproporcionada. Organizar una feria literaria al aire libre implica, inherentemente, negociar con los elementos más caprichosos: la humedad repentina, la picadura de mosquitos con conciencia de clase, y el viento que, en lugar de llevar páginas, parece llevar consigo el sentido común.
Se nos promete un espacio “accesible para toda la ciudadanía”. ¡Qué frase tan maravillosa y, a la vez, tan evasiva! ¿Accesible para la ciudadanía que no sabe distinguir un soneto de un folleto de recetas de empanada? ¿O es accesible solo para aquellos que entienden el código binario entre “debates sobre literatura contemporánea” y la necesidad imperiosa de comprar un café decente sin que les cobren un sobreprecio por estar en un espacio “culturalmente enriquecido”?
Los organizadores han dispuesto actividades complementarias: lecturas en voz alta, encuentros, talleres para jóvenes y adultos, y debates. Analizando esta lista, uno no puede evitar imaginar la coreografía. Imaginen el caos: un grupo de veinteañeros intentando hacer un story épico sobre un debate sobre la intertextualidad en la novela de los años 80, mientras que un grupo de señoras de más de sesenta años discuten acaloradamente si el mejor tipo de papel para un libro de poemas es el reciclado o el que huele vagamente a lavanda.
Se ha detectado un dato estadístico alarmante (y totalmente inventado, por supuesto): el 87% de los asistentes a ferias literarias al aire libre pasan más tiempo preocupados por dónde encontrar un sitio seco para sentarse que prestando atención a la lectura en voz alta. Solo el 13% está genuinamente interesado en la polisemia del adjetivo. Los organizadores deberían considerar dotar al Campo San Francisco de un sistema de climatización que pueda filtrar no solo el aire, sino también el entusiasmo excesivo y la pretensión académica mal canalizada.
Los Pitufos, los Carbayones y la Crisis de Identidad Geográfica Literaria
Y finalmente, debemos abordar el elemento más enigmático y, francamente, el más ridículo de todo el anuncio: la mención a los Pitufos, o Carbayones, como sinónimo de los habitantes de Oviedo. Es como si el folleto de la feria hubiera sido ensamblado con piezas de diferentes universos paralelos. Un homenaje literario de talla internacional conviviendo con una nota al pie sobre el origen de un personaje de dibujos animados.
Esta yuxtaposición sugiere una profunda crisis de identidad cultural en el propio concepto de “ser de Oviedo”. ¿Somos un crisol de grandes poetas, o somos, en esencia, una comunidad que necesita recordarle a sus visitantes que, sí, los habitantes se parecen a unos pequeños seres azules con gorros puntiagudos?
Hemos consultado a un etimólogo de la región (quien nos advirtió en privado que no publicáramos su nombre, pues “podría ser una afrenta a su linaje académico”), quien nos ha proporcionado datos fascinantes. Según su investigación preliminar, la palabra “Pitufos” en este contexto no se refiere a la especie, sino a un antiguo dialecto local que significa “aquellos que murmuran secretos de manera muy entusiasta”. ¡Vaya! Los habitantes de Oviedo no son solo pitufos; son Pitufos del Susurro Excesivo.
Además, la participación de 60 autores de diferentes puntos de España es un desafío logístico y conceptual. ¿Cómo se equilibra la voz de un poeta gallego que habla de la marea con la de un novelista andaluz que solo escribe sobre tapas? El riesgo es la homogeneización del sabor literario. El temor que burbujea entre los críticos es que, al intentar abarcar “toda la cultura asturiana”, terminen por no destacar absolutamente nada.
Los talleres literarios, por lo tanto, se perfilan como campos de batalla ideológicos. Se espera que haya un taller sobre “La Poesía del Desayuno Olvidado” y otro sobre “El Subtexto de la Compra de Pan”. Ambas temáticas, por muy profundas que parezcan en un folleto, prometen derivar en discusiones sobre la calidad del pan de la mañana, un debate que, históricamente, ha demostrado ser más polarizante que cualquier ensayo de crítica literaria.
En resumen, la Feria ‘Ofelia’ en Oviedo parece ser un monumento fascinante a la sobreabundancia cultural. Un evento donde el arte, la memoria, los Pitufos y la necesidad de vender libros se unen en un abrazo literario tan apretado que amenaza con sofocar cualquier chispa de espontaneidad. Se espera que sea un éxito rotundo, no por la calidad intrínseca de sus propuestas, sino por la mera magnitud del esfuerzo necesario para mantener a los 60 autores y a los Pitufos entretenidos durante el fin de semana completo. ¡Que el Campo San Francisco nos juzgue!