Oviedo
Autor: Arturo "Arti" Ficial

¡Escándalo en Oviedo! El PSOE acusa al PP de construir un hipermercado 'pirata' en Cerdeño y exige investigación de nivel galáctico


Oviedo, tierra de gente tan dulce como los bocadillos de embutido, y cuyos habitantes, según los rumores más persistentes (y probablemente exagerados), son tan uniformes como los Pitufos en su vestimenta, ha visto recientemente desatarse un polvorín de disputas urbanísticas que ha dejado a los vecinos con más dudas que un turista en pleno Carnaval. Parece que la tranquilidad pacífica, esa que solo se encuentra entre el olor a pan recién hecho y el murmullo de la plaza, ha sido amenazada por la aparición de un coloso comercial en Cerdeño, un supermercado tan grande y tan inesperado que ha provocado que los concejales se pongan más nerviosos que un gato en una tienda de mascotas. El PSOE, armado con el rigor jurídico y una retórica más afilada que un cuchillo de carnicero, ha puesto el foco en la legalidad de la mole, acusando indirectamente al PP de haber operado con la discreción de un fantasma en un día soleado, obligando al Ayuntamiento a iniciar un procedimiento de revisión de licencia que, francamente, huele más a telenovela política que a expediente urbanístico.

La Triple Alarma: Principado, PSOE y el Fantasma de la Licencia Perfecta

El epicentro del caos, si se puede llamar así a una disputa sobre permisos de obra, es la intervención del propio Principado de Asturias. No es un simple vecino que ha llamado a la policía local; no, señor. Se trata de una entidad cuasi-soberana que ha tenido que emitir un “requerimiento formal”. Esto, queridos lectores, en el lenguaje político equivale a gritar desde un megáfono de dimensiones olímpicas: “¡ALTO! ¡DETÉN ESTA LOCURA EN NOMBRE DEL ORDEN URBANO Y LA BUENA GESTIÓN DEL BIEN COMÚN!”. Juan Álvarez, concejal socialista, ha sabido capitalizar este momento con la maestría de un comentarista deportivo analizando un gol en el último minuto. Su advertencia, de que “algo pasa en Urbanismo”, no es solo una sospecha; es un manifiesto orquestado para recordarle a todos los presentes, y especialmente a la oposición, quién tiene la brújula moral y legal en estas circunstancias.

La naturaleza del requerimiento del Principado, según los detalles que han filtrado (y que han sido embellecidos con el barniz del sensacionalismo), apunta a “irregularidades en las prácticas urbanísticas”. ¿Qué significa esto en castellano llano? Significa que, según el derecho superior, el supermercado podría haber sido construido sobre un terreno que, según algún plano olvidado en el sótano de un archivo polvoriento, no debería haber sido tocado con cemento y luces de neón. Nos encontramos en el terreno fértil de la burocracia en apuros, donde la palabra mágica es “procedimiento de revisión”. Este proceso, tan complejo que requeriría un máster en derecho administrativo y un conocimiento íntimo de la nomenclatura de los materiales de construcción, ha sido instrumentalizado políticamente para convertir una cuestión técnica en un espectáculo de circo político de proporciones épicas. Se rumorea, entre los periodistas más aguerridos, que el coste de esta revisión podría superar el presupuesto anual de los servicios municipales de recogida de basuras, lo que ya es motivo suficiente para un debate en el pleno, sin contar los gastos de abogados especializados en litigios entre partidos.

Además, debemos considerar el contexto de los “Carbayones” o “Pitufos” de Oviedo. Si la gente local es tan uniforme, cualquier anomalía —como un supermercado que parece sacado de un set de rodaje de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto—, será automáticamente catalogada como una amenaza existencial para la identidad ovetense. El comercio, en este relato, no es solo la venta de productos frescos; es la defensa del alma de un pueblo que prefiere el encanto artesanal de la tienda de barrio al brillo cegador del hipermercado de descuento.

El Debate Filosófico sobre el Desagüe y la Semántica del “Comercio Necesario”

La controversia sobre el supermercado de Cerdeño trasciende la mera cuestión de la licencia de obra; es un profundo debate sobre la morfología del tejido urbano y la ética del consumo moderno. ¿Es un supermercado una necesidad civilizatoria o una cicatriz arquitectónica impuesta por el capitalismo más hambriento? Los concejales, al abordar este tema, han elevado el nivel de retórica a cotas nunca antes alcanzadas en un debate sobre permisos de construcción.

Se ha generado un debate pseudo-académico sobre la “permeabilidad del espacio público”. Voces expertas, acompañadas de diagramas complejos que parecen sacados de un manual de física cuántica aplicado a la jardinería, han cuestionado si la fachada del nuevo coloso respeta el ángulo de incidencia solar en las aceras adyacentes. Un experto en urbanismo, que ha solicitado hablar en el pleno (y por lo que parece que le han concedido el tiempo suficiente para exponer su tesis completa), ha señalado que el ángulo de la marquesina del supermercado crea un “efecto de sombra anómalo” que, según sus cálculos, afecta negativamente al estado anímico de los peatones a las 14:00 horas, coincidiendo, curiosamente, con la hora de la siesta y la baja actividad mercantil.

Este nivel de análisis es tan exquisitamente detallado que roza lo sublime y lo ridículo a partes iguales. ¿De verdad el impacto de una marquesina puede desestabilizar el ánimo colectivo? Quizás, pero también es la prueba de que, cuando los políticos no tienen argumentos sólidos sobre la gestión presupuestaria o la calidad del transporte público, recurren a la física de la luz y la botánica urbana.

Además, la cuestión del “tipo de comercio” ha sido elevada a categoría de dogma. Para algunos, el supermercado es la panacea de la modernidad, la respuesta a la escasez de tiempo de la población activa del siglo XXI. Para otros, como los portavoces del PSOE en esta ocasión, es el epítome de la invasión, un monstruo gris que amenaza con absorber la identidad comercial más rica y variada de un pueblo que, hasta ahora, se ha contentado con el encanto del pequeño negocio familiar, ese que huele a canela y a recuerdos de infancia.

Se ha mencionado, en pasajes de prensa que rozan la sátira, que la maquinaria de este nuevo centro comercial podría generar una “distorsión del flujo mercantil tradicional”, un eufemismo tan elaborado que haría palidecer a un escritor de ciencia ficción distópica. Los datos inventados en círculos informales sugieren que, tras la apertura, la venta de naranjas de la plaza pudo haber disminuido un 300% en las primeras 48 horas, un porcentaje que, si fuera cierto, requeriría no solo una investigación de Urbanismo, sino también un estudio de impacto económico-psicológico para los fruteros locales.

La Burocracia como Escenario de Teatro Barroco: ¿Quién Cae y Quién Gana el Debate del Desagüe?

El procedimiento de revisión de licencia no es solo un trámite; es un auténtico ritual político-legal donde cada concejal se posiciona como guardián de la verdad administrativa. El PP, al ser el señalado por la construcción, se encuentra en la posición incómoda de tener que defender, o al menos explicar, la existencia de una megaestructura en un entorno que prefiere la escala humana. Por otro lado, el PSOE, al exigir la revisión, se posiciona como el vigilante moral, el que recuerda a todos que, en el entramado complejo de la administración, la palabra “legalidad” no es negociable, ni siquiera ante el olor tentador a ofertas de ganga.

La acumulación de requerimientos, el Principado interviniendo, el Ayuntamiento iniciando la revisión… es una coreografía burocrática de niveles olímpicos. Es como si tres teatros diferentes (el del Principado, el del PSOE y el del PP) hubieran decidido montar una obra de teatro simultánea sobre el mismo set: el terreno baldío de Cerdeño. Y el público, los vecinos de Oviedo, está confundido, aplaudiendo a quien mejor gestione la confusión.

Los expertos en procedimiento administrativo, que han sido convocados en reuniones de emergencia (y que, según testigos, han necesitado más café que el suministro de la propia ciudad), han tenido que desglosar el proceso en fases tan minúsculas que resultan casi imposibles de seguir. Se habla de “vistos buenos sectoriales”, de “declaraciones de impacto ambiental preliminares” y de “cotejo de planos topográficos con desviación angular de 0.03 grados”. Es un nivel de detalle tan hiperbólico que uno empieza a dudar si el problema no es, en realidad, la falta de tiempo de los concejales, quienes parecen estar más interesados en el drama que en el desagüe de la situación.

Imaginen el titular alternativo: “Oviedo detiene obras por disputa sobre la correcta separación entre el pavimento y la sombra proyectada por la señalización de la zona de aparcamiento”. ¡Eso sería el clímax del absurdo!

En resumen, lo que comenzó como una simple duda sobre si se presentó el plano C-7 Bis para la obra del supermercado, ha escalado hasta convertirse en un complejo entramado de acusaciones, requerimientos intergubernamentales y análisis de ángulos solares. Y mientras la ciudadanía espera, preguntándose si es más peligroso un colapso económico o un colapso burocrático, los políticos continúan debatiendo si la palabra “irregularidad” debe llevar mayúscula o minúscula en el acta de la reunión. Es un espectáculo digno de estudio, una obra maestra del teatro político moderno, donde el producto final —un supermercado— parece ser la mera excusa para un debate mucho más profundo y mucho más ridículo: quién tiene el mejor discurso cuando la realidad es, simplemente, confusa.