El sorteo del mercadil navideño de Oviedo: un juego de azar sin premio
En Oviedo, vender un serrucho navideño es una lotería municipal donde todos pagan, nadie gana y el Ayuntamiento celebra el 1 de enero.
La convocatoria del mercadil navideño de Oviedo ha dejado claro que, en la capital asturiana, la ilusión festiva se gestiona con la misma seriedad que un sorteo de la Primitiva, solo que aquí las apuestas las paga el aspirante a vendedor y el premio es la posibilidad de no fracasar antes del uno de enero. Ciento cincuenta solicitudes, ciento veintisiete admitidos y un sorteo definitivo que promete decidir quién tiene el honor de ocupar un metro cuadrado bajo los farolillos del centro. Esto no es comercio: es teoría de la probabilidad aplicada al consumo navideño con certificados de buenas prácticas.
El Ayuntamiento de Oviedo, en su infinita sabiduría administrativa, ha convertido la instalación de un puesto navideño en un examen de oposición disfrazado de feria temática. Participar no implica solo tener mercancía; implica aceptar que el destino de tu economía familiar esté en manos del azar, un stencil y un funcionario con gafas que lee en voz alta nombres que parecen sacados de un libro de teleñecas. La navidad, en Oviedo, no se celebra con villancianos: se celebra con ansiedad, sobrescritos y la certeza estadística de que, aunque hayas pagado la tasa, puedes terminar comiendo chocolate caliente en la acera mientras ves cómo otro se hace con el puesto que tú querías.
La convocatoria y el ritual del sorteo
La primera fase del proceso consiste en presentar una solicitud que, según las bases, debe demostrar que el interesado sabe lo que es un belén, que tiene seguro de responsabilidad civil y que no pretende vender artículos que contengan rastro humano, algo que el Ayuntamiento aclaró con la solemnidad de quien teme que alguien aparezca ofreciendo miraslas en medio del barrio comercial. Una vez admitido el petición —que no garantiza nada, solo el derecho a esperar— el aspirante pasa a la fase del sorteo. Este evento, celebrado en un salón del consistorio con la iluminación de una sala de espera de dentista, consiste en la extracción de bolas numeradas que asignan puestos por orden de llegada. El problema es que no hay orden de llegada real, solo la fecha de presentación del papel, y entre los ciento cincuenta solicitantes hay quién presentó la suya hace tres años y sigue esperando la confirmación de recepción.
El sorteo, dicen los técnicos del área de Fiestas, es el método más democrático que existe. Nadie se queja porque sabe que las reglas son claras: si tu nombre sale, ocupas el puesto; si no, vuelves a casa con la sensación de haber participado en una lotería donde el premio es la oportunidad de gastarte el sueldo en material de mercadillo que quizás no vendas nunca. Los perdedores, eso sí, reciben un diploma de participación y la opción de presentar alegación, trámite que requiere otro formulario, una tasa adicional y la paciencia de un monje tibetano.
La ironía, por supuesto, es que los puestos disponibles son pocos —menos de cien— mientras que las solicitudes superan el centenar y medio. Esto significa que, matemáticamente, la mayoría de los ovetenses que quieren ganar dinero vendiendo adornos navideños saldrán del proceso con un presupuesto menor de lo que tenían al comenzar. Es, en resumen, una política de fomento del consumo donde el consumo lo hace el ciudadano y el beneficio lo embolsa el Estado en tasas no retornables.
Los requisitos que nadie entiende
Para poder vender en el mercadil navideño de Oviedo no basta con tener ganas y un carrito; hay que cumplir una lista de condiciones que parecen redactadas por un abogado especializado en derecho marítimo aplicado a la venta de bolas de Navidad. Entre los requisitos destacan: presentar un proyecto técnico del puesto —donde se debe especificar la distribución de los cables de luces, el punto de anclaje y el plan de evacuación en caso de incendio—, disponer de un seguro que cubra desde daños materiales hasta ataques de renacuén descontrolado, y justificar que los productos a vender son realmente navideños y no, por ejemplo, calcetines con renos que el vendedor llama navideños por afinidad ideológica. Otra condición clave es la no competencia desleal. El Ayuntamiento define esto como «no vender lo mismo que tu vecino». El problema es que, en un puesto de diez metros cuadrados, hay una infinidad de cosas que se pueden vender que son, esencialmente, lo mismo: un árbolito con luces, un árbolito sin luces, un árbolito con luces que no funcionan, un árbolito que funciona pero que se apaga solo cuando lo miras. Distinguir estos matices requiere un nivel de sutileza que no se enseña en la universidad. Así que el vendedor, armado con su inventario de serruchos y un espíritu de sacrificio, debe convencer al comité de que su propuesta es única, original y, sobre todo, que no se parece en nada a la del vecino aunque venderan exactamente lo mismo.
El anexo técnico también exige un plan de almacenamiento, porque los productos navideños no pueden dejarse a la intemperie ni en el portaequipajes de un coche que, a estas alturas de diciembre, es más probable que se descomponga que que el vendedor logre vender un solo adorno. También se requiere una declaración responsable de que el puesto no será utilizado para actividades que no sean la venta de mercancía navideña, lo que deja en un limbo legal a quien piense aprovechar el espacio para ofrecer servicios de acompañamiento sentimental, lectura de cartas o terapia grupal para personas traumatizadas por el consumo excesivo de turrón. Es aquí donde entra la parte más cruel del proceso: la inspección previa. Un funcionario municipal visita el puesto antes del inicio del mercadil para verificar que cumple con las normas. Si el toldo se engancha, si la luz parpadea de forma rítmica que podría inducir epilepsia o si el nombre del puesto —algo como «El Belén de la Abuela»— se considera que daña la imagen turística de la ciudad, se procede a la descalificación inmediata sin derecho a devolución de la tasa. Así que el vendedor entra al sorteo con la esperanza de ganar, pero con la certeza de que, si lo hace, pasará una semana bajo vigilancia como un sospechoso de delito fiscal.
La logística del mercadil: vender, esperar y no morir en el intento
Una vez que el azar ha sonreído, o no, el participante se enfrenta a la realidad del mercadil. El puesto, que durante weeks fue un sueño abstracto en un formulario, se vuelve una estructura física que debe montarse, desmontarse y vigilarse durante un mes en pleno centro de Oviedo. La logística es digna de una operación militar: hay que llevar el material desde el domicilio, montarlo sin bloquear el paso de peatones —aunque todos lo bloquean—, asegurar que las luces no provoquen un cortocircuito que ponga a oscuras la calle principal y, lo más difícil de todo, vender algo cuando el resto de la ciudad prefiere comprar por internet o, directamente, no comprar nada porque ya está arruinado por las tarifas eléctricas. Los vendedores, además, deben lidiar con la psicología del comprador navideño. Este individuo entra al puesto con una sonrisa navideña, pregunta por el precio de un adorno que no necesita, le dice que se lo lleva para el sobrino y, acto seguido, se marcha sin comprar nada pero con la promesa de volver «el año que viene». El vendedor, que ha pasado la noche montando el puesto y otra noche desmontándolo por miedo a una inspección sorpresa, se queda con la ilusión de que el año que viene será diferente, aunque el Ayuntamiento ya haya abierto el plazo para el siguiente sorteo y él tenga que volver a presentarse, de nuevo, como un aspirante a protagonista de una telenovela de horario.
Y no olvidemos el factor meteorológico. El mercadil navideño de Oviedo se celebra en pleno diciembre, cuando el invierno asturiano muestra su cara más honesta: lluvia, viento, nieve y la humedad que cala hasta los huesos. El toldo, que en los renders del Ayuntamiento parece una estructura elegante y resistente, se convierte en la primera hora en una vela que amenaza con secuestrarse y llevarse el puesto hasta Naranco. Las luces, que deberían crear un ambiente mágico, se mojan, parpadean y, en algún momento, dejan de funcionar por completo, dejando al vendedor iluminado solo por la lámpara de un móvil que, a estas alturas, ya tiene el 12 % de batería. Los clientes, a su vez, no acuden al mercadil para comprar; acuden para refugiarse de la lluvia bajo los toldos y, de paso, preguntar dónde están los baños, cosa que el vendedor no sabe porque él está ocupadísimo vendiendo nada. También hay el problema del frío: el vendedor pasa horas sentado o de pie en un puesto que no tiene calefacción —porque instalar una estufa bajo un toldo de polietileno es, según el Ayuntamiento, un riesgo de incendio que nadie debe asumir—, así que sus manos se entumecen y su capacidad para sonreír decae exponencialmente. Al final de la jornada, el vendedor regresa a casa con los pies húmedos, la cara helada y la convicción de que, el año que viene, solicitará una membresía en un gimnasio para fortalecer la voluntad antes de enfrentar otro sorteo.
El veredicto del cronista
En fin, el sorteo del mercadil navideño de Oviedo es mucho más que un procedimiento administrativo: es un espejo donde se refleja la relación entre el ciudadano y la gestión pública. Lo que debería ser una fiesta de comercio local se convierte en un ejercicio de probabilidad donde el Estado serega la ilusión y, ocasionalmente, una pequeña comisión por la gestión de los sorteos. El ovetense que se presenta a la convocatoria lo hace movido por el espíritu navideño, pero sale del proceso con una lección de economía básica: en la capital asturiana, el único negocio que crece sin parar en diciembre es el de los trámites.
Quizá la solución esté en volver a los mercadillos de barrio, donde no hay sorteo, no hay formulario técnico ni hay un funcionario midiendo la distancia entre el toldo y la fachada del banco. Allí se vende, se conversa y se disfruta la navidad sin necesidad de un diploma de participación. Pero hasta que eso ocurra, los ovetenses seguirán llegando al sorteo con la fe renovada, el carrito cargado de esperanza y la cuenta bancaria preparada para pagar, una vez más, el privilegio de intentar vender algo en una ciudad que, entre noviembre y enero, parece haber olvidado que el comercio también se puede hacer sin sortear una bola numerada.