viernes, 6 de noviembre de 2026 El diario satírico de Asturias
Oviedo · Sátira

Oviedo: casi pierde una pierna, ahora el sistema le hace perder la paciencia

Tras 11 operaciones y una pierna salvada, el joven enfrenta al juzgado que aplaza por tercera vez la declaración de sus padres por negligencias médicas

Oviedo: casi pierde una pierna, ahora el sistema le hace perder la paciencia
Ilustración generada por inteligencia artificial para Arturo "Arti" Ficial.

Oviedo: el joven que casi pierde una pierna, ahora pierde contra el sistema

La historia parecía sencilla: un joven sufre una lesión deportiva, se somete a once operaciones, casi pierde una pierna y, finalmente, los médicos logran salvarla. Pero la verdadera batalla no se libró en el quirófano, sino en los pasillos fríos y silenciosos de los juzgados de Oviedo, donde el tiempo se mueve a velocidades que Einstein aún no ha podido explicar. El abogado del joven lo tiene claro: “Hay indicios de negligencias y esto tiene que acabar en juicio oral”. El problema es que el sistema, con su sabiduría milenaria, ha decidido que el juicio oral puede esperar. Al menos hasta que el joven tenga sus propias lesiones deportivas por la paciencia agotada.

Se aplaza por tercera vez la declaración de los padres del joven. Tres veces. Como si el juzgado estuviera jugando al juego del gato y el ratón, pero sin ratón y con un gato que lleva bata y decide cuándo el juicio es “oportuno”. Los padres, ansiosos por contar lo que vieron —que su hijo casi pierde una pierna por culpa de una negligencia—, se encuentran frente a un sistema que parece haber convertido la justicia en un juego de mesa donde el objetivo es no llegar nunca al final.

La lesión deportiva que se volvió burocrática

El joven, whose nombre se mantiene en secreto para protegerlo del sistema mismo, sufrió lo que parecía una lesión común. Once operaciones después, su pierna estuvo al borde del abismo, colgando literalmente por un hilo médico. Los cirujanos, héroes anónimos de bata blanca, hicieron lo imposible. Pero el milagro médico se topó con un muro más impenetrable: el expediente judicial.

Mientras tanto, el joven se convierte en un símbolo vivo de la resistencia. Cada día que pasa sin juicio oral es un día más que su pierna “casi perdida” se convierte en una pierna “casi recuperada” pero con secuelas emocionales crónicas. Los padres, que deberían declarar sobre lo ocurrido, han tenido que posponer su testimonio en tres ocasiones. El abogado, visiblemente agotado, declara a los micrófonos que “esto tiene que acabar en juicio oral”, una frase que suena a promesa electoral pero que, en la práctica, significa que el juicio podría ocurrir cuando el joven ya tenga nietos y ellos también tengan lesiones deportivas por el estrés.

Tres aplazamientos: el arte de no hacer nada

El hecho de que la declaración de los padres se aplace por tercera vez revela un sistema judicial que ha perfeccionado el arte de la procrastinación institutional. En Oviedo, la justicia parece no tener prisa. Mientras el joven se recupera de once operaciones, los juzgados parecen estar en un estado de meditación perpétua sobre si es “conveniente” escuchar a los padres.

El tercer aplazamiento es el más irritante. Porque, evidentemente, los dos primeros no fueron suficientes para que el sistema reflexionara sobre la gravedad de casi perder una pierna por negligencia. Ahora, el cuarto intento será la verdadera prueba de fuego. El abogado, que probablemente ya ha leído el expediente dos veces y ha escrito un tratado filosófico sobre la paciencia en los tribunales, mantiene la esperanza. Pero todos sabemos, en lo profundo de nuestros corazones cínicos, que el juicio oral podría tener lugar justo cuando el joven se convierta en un caso de estudio de medicina deportiva y el abogado ya esté jubilado.

Mientras tanto, en algún lugar de Oviedo, un juzgado espera. ¿Para qué? Para que el joven pierda la paciencia, claro. Y si por casualidad pierde también la otra pierna por el cansancio, pues mejor aún: el expediente se vuelvería más “completo” desde un punto de vista médico-legal. La eficiencia del sistema, en su peculiar versión, avanza a pasos de gigante hacia nowhere.

El abogado que sue al tiempo mismo

El abogado del joven ha desarrollado una habilidad especial: hablar con los periodistas mientras el sistema ignora sus argumentos. “Hay indicios de negligencias y esto tiene que acabar en juicio oral”, repite con la fe de un predicador que sabe que su congregación está ausente. Cada vez que los micrófonos se acercan, el abogado renueva su esperanza, como si repitiera un mantra contra la burocracia.

Pero el abogado también ha comenzado a darse cuenta de algo preocupante: el tiempo en los juzgados de Oviedo funciona según leyes propias de la relatividad. Un minuto en la sala de espera puede equivaler a tres meses de aplazamientos. El abogado ya ha agotado sus argumentos, sus cafés de macarena y su paciencia. Ahora solo le queda esperar que el sistema decida que el joven ha sufrido lo suficiente como para merecer un juicio.

Mientras tanto, el expediente crece. No por pruebas, sino por folios de papel que documentan cuántas veces se ha aplazado la declaración. Cada aplazamiento es, paradójicamente, una prueba más de negligencia: la negligencia del sistema hacia la justicia. El abogado sue, en esencia, contra el tiempo mismo. Y el tiempo, como todos sabemos, es el único adversario que nunca pierde un juicio, especialmente cuando está vestido de toga judicial.

Los padres que no pueden declarar porque el sistema dice que aún no es el momento

Los padres del joven están en una situación kafkiana: deben declarar sobre un evento que ocurrió hace tiempo, pero el sistema decide cuándo pueden hacerlo. Han esperado. Han sido citados. Y han sido aplazados. Tres veces. Es como si el juzgado estuviera diciendo: “Espera, no estamos listos todavía, necesitamos que el joven envejezca más para que su testimonio tenga más peso emocional”.

Las secuelas de esta espera son más dolorosas que las de la propia lesión. Los padres viven entre la angustia de no saber si la negligencia será juzgada y la frustración de ver cómo el tiempo pasa sin que se haga nada. Cada aplazamiento es un recordatorio de que, en Oviedo, la justicia tiene su propio calendario, uno que no coincide con el de las familias afectadas por negligencias médicas.

El joven, desde su perspectiva, se ha convertido en un personaje de una tragedia absurda. Casi pierde una pierna, la salvan los médicos, pero el sistema lo “pierde” en la burocracia. Las once operaciones fueron solo el acto preliminar. La obra principal, el juicio, sigue sin estreno. Y mientras tanto, el joven camina con una pierna salvada pero con el alma desgastada por una justicia que parece haber olvidado su obligación básica: hacer justicia a tiempo.

La conclusión que nadie espera: la justicia tarda, pero las lesiones no esperan

En conclusión, el joven de Oviedo que casi pierde una pierna ha aprendido una lección invaluable: en la vida, las lesiones deportivas se curan con operaciones, pero las negligencias del sistema judicial se curan con… paciencia. Y mucha. Mucha más de la que cualquier ser humano debería tener.

El abogado insiste en que “esto tiene que acabar en juicio oral”. Y es cierto. Tiene que acabar. La pregunta es cuándo. Quizás cuando el joven ya tenga su propia familia y cuente la historia a sus hijos como una leyenda familiar: “Hace años, casi pierdo una pierna y luego pasamos quince años esperando a que el juez nos declare”. Hasta entonces, los tres aplazamientos permanecen como monumentos a la ineficiencia, y el joven sigue caminando —con ambas piernas, afortunadamente— hacia un futuro donde la justicia quizás, algún día, decida moverse.

Mientras tanto, en los juzgados de Oviedo, alguien sigue esperando. Y mientras esperan, el tiempo se convierte en la única negligencia real: la de un sistema que, al aplazar por tercera vez la declaración de unos padres preocupados, demuestra que, a veces, la justicia no es tardía. Simplemente está ausente.

— Por el redactor, que también espera a que alguien le explique por qué los artículos satíricos tardan menos en publicarse que un juicio en Oviedo.

Epílogo: la pierna y la paciencia

Al final, el joven recupera la movilidad de su pierna salvada, pero no recupera el tiempo perdido. Las once operaciones fueron un éxito médico. Los tres aplazamientos, un fracaso sistemático. En Oviedo, como en muchas partes, la justicia parece funcionar según la lógica de un sueño: llega tarde, llega borracha, y a menudo llega cuando ya no hace ninguna diferencia.

El abogado seguirá insistiendo en que “esto tiene que acabar en juicio oral”. Y, quién sabe, quizás algún día el juicio oral llegue. Pero para entonces, el joven ya no será un joven. Será un adulto con secuelas de burocracia, una pierna sana y una historia que servirá de advertencia para todos aquellos que, alguna vez, se enfrenten a un sistema que cree que la justicia puede esperar mientras las víctimas no pueden.

Y mientras esperamos ese juicio que nunca llega puntual, uno de los pocos beneficios de la espera es que el joven ha tenido tiempo de recuperarse completamente. Porque, al final, aunque la justicia sea lenta, al menos las lesiones deportivas, a diferencia de los expedientes judiciales, sí tienen cura.