martes, 27 de octubre de 2026 El diario satírico de Asturias
Gijón · Sátira

La ITV de Granda: el único canal donde el apagado es el programa estrella

Cuando el gasto público se transmite en directo y el señal se pierde antes del primer anuncio

La ITV de Granda: el único canal donde el apagado es el programa estrella
Ilustración generada por inteligencia artificial para Arturo "Arti" Ficial.

Cuando el Principado de Asturias decidió apostar por la televisión local en el barrio de Granda, Gijón, lo hizo con la ambición de quien crea una cadena internacional con el presupuesto de una kermesse. El resultado fue la ITV de Granda, un despliegue mediático que consumió más de dos millones de euros entre compra, adecuación y primera reparación, y que logró el hito histórico de permanecer en activo durante exactamente cuatro años. Para ponerlo en perspectiva: cuatro años es el tiempo que tarda un smartphone promedio en volverse obsoleto, el plazo de una garantía de electrodoméstico y, curiosamente, la duración de la mayoría de los compromisos electorales antes de que el candidato olvide dónde guarda las promesas.

La paradoja no radica solo en la brevedad de la señal, sino en que el servicio público de televisión local resultó ser, efectivamente, un servicio al pueblo: el pueblo se quedó sin señal, y el servicio se quedó sin público. Como si el Principado hubiera invertido en una emisora cuya única programación fuera el símbolo de espera y el color prueba, mientras los vecinos aprendían a vivir sin noticias locales durante un lustro completo. En un territorio donde el chascarrillo sigue sonando fuerte en las fiestas del barrio, la única frecuencia que logró captar una audiencia masiva fue la del silencio absoluto.

La inversión millonaria que duró menos que una suscripción anual a Netflix

Los 2,1 millones de euros destinados a la ITV de Granda se desglosaron en una compra initial, acondicionamiento de las instalaciones y una primera reparación de 230.000 euros que, según la crónica, fue necesaria apenas para que el televisor encendiera la luz verde sin hacer zumbidos sospechosos. Para comprender la magnitud del despilfarro, imagínese que con ese mismo dinero se podrían haber comprado cuarenta y dos televisores de 65 pulgadas, instalado fibra óptica en todo el barrio durante una década o pagado la matrícula universitaria de medio centenar de estudiantes de comunicación que, irónicamente, hoy buscan empleo fuera de Asturias porque en Gijón no hay sitio para ellos tras el apagado de la emisora.

Lo más absurdo es que la inversión no respondió a una demanda social real: los vecinos de Granda no estaban exigiendo un canal local, sino que el ente público decidió que era necesario dotar al barrio de un medio de comunicación propio, como si la falta de noticias sobre la recogida de basura fuera el problema estructural de la comunidad. La ITV de Granda nació sin audiencia, creció sin espectadores y murió sin que nadie notara que había dejado de emitir, excepto el propio equipo técnico que recibió el telegrama de cierre mientras todavía retiraba los cables de un estudio que nunca transmitió nada relevante. Un gasto de dos millones para un servicio que funcionó menos tiempo que una prueba gratuita de streaming.

El programa estrella: ‘La señal de espera’

La parrilla de la ITV de Granda fue un estudio de minimalismo televisivo. Durante sus cuatro años de existencia, la cadena ofreció un catálogo variado que incluía el clásico color prueba, el cartel de “señal perdida”, el mensaje de “antenna no encontrada” y, como estrella indiscutible de la parrilla, el programa estrella “La señal de espera”, un espacio de duración indeterminada en el que un punto blanco centrado en pantalla indicaba que la emisión podría comenzar en cualquier momento, aunque nunca llegase a hacerlo. Los críticos locales alababan la consistencia del formato: never varió, nunca decepcionaba y siempre terminaba a la hora prevista, es decir, cuando la señal se apagaba definitivamente.

Los anunciantes, que pagaron por espacio publicitario que nadie veía, desarrollaron campañas creativas para el medio. La agencia local lanzó el eslogan “Mira Granda, mira lo que no hay”, mientras que una cadena de supermercados patrocinó un bloque de cinco minutos de silencio con la consigna “Aprovecha para reflexionar sobre lo que puedes comprar mientras no hay televisión”. La audiencia, por su parte, aprendió a entretenerse mirando la antenna comunitaria del edificio como si fuera un oráculo, esperando a que un día la imagen regresara. Pero la única imagen que perduró en la retina de los vecinos fue la del cierre definitivo, un apagado que, a diferencia de los temporales, no llegó acompañado de un “volveremos pronto” sino de una factura pagada con dinero de todos.

Oye, dónde está el mando a distancia

El concejal de Infraestructuras Urbanas y Rurales justificó el gasto afirmando que “el aglomerado de muchas calles de Gijón está llegando al final de su vida útil”, aunque al parecer se refería al aglomerado de cables de la ITV, no a las avenidas del barrio. La defensa del equipo de gobierno se basó en la necesidad de “dotar al pueblo de voz propia”, una frase retórica que, en la práctica, significó que el pueblo pagó la voz pero nunca pudo oírla. Cuando se le preguntó por qué la emisora cerró tras cuatro años, el responsable respondió que se trataba de una “actualización tecnológica” que, en realidad, era la actualización de la realidad: la tecnología había avanzado y el canal no.

La comunidad vecina, al enterarse de que había financiado un televisor con el presupuesto de una pequeña productora independiente, decidió organizar una protesta pacífica frente a la sede de la emisora. La manifestación tuvo un gran éxito de convocatoria: asistieron el camero, el reparador de televisions, el ex locutor que nunca llegó a emitir y un vecino que trajo una antena parabólica para simular que todavía se conectaban a algo. La conclusión política fue que la ITV de Granda se convirtió en el monumento perfecto al desperdicio público: una estructura física sin contenido, un edificio sin programación y un símbolo de cómo el dinero puede desaparecer en el aire, literalmente, como una señal que nunca llegó a sintonizarse.

Conclusión del redactor: entre static y presupuesto

La historia de la ITV de Granda es, en última instancia, una crónica de la locura administrativo-mediática local. Dos millones de euros para una televisión que funcionó menos que la mayoría de las suscripciones anuales a servicios de streaming es el resumen perfecto de cómo se gestiona lo público cuando nadie vigila el canal. Al final, el único programa que logró trascender fue el informativo de la realidad: el informe de que el dinero público, al igual que la señal de televisión, puede perderse en el espacio sin dejar rastro. Mientras tanto, los vecinos de Granda siguen viendo la vida en definición estándar, sin alta resolución y, sobre todo, sin señal. La próxima vez que el Principado decida invertir en comunicación local, quizás debería considerar que un grupo de WhatsApp del vecindario es más barato, más duradero y, aunque no emita nada importante, al menos funciona sin necesidad de una reparación de 230.000 euros para encender la pantalla.

— Por el corresponsal de Gijón, que todavía busca el botón de encendido de la audiencia.

El informe técnico que nadie pidió

Un documento interno filtrado a la redacción reveló que la ITV de Granda estaba equipada con tecnología de última generación para su época, lo que en 2022 significaba que podía reproducir videos en HD siempre que la conexión a internet no estuviera ocupada por los tablets de los concejales. El estudio incluía una mesa de redacción, tres cámaras que nunca grabaron nada, un mezclador de sonido que funcionaba como decoración y un teleprompter que, al final, solo proyectaba la palabra “corte” en bucle infinito. El personal contratado era altamente cualificado: periodistas, cameramanes y editores que, tras el cierre, emigraron en masa a Madrid, Barcelona y, en algunos casos, a plataformas de contenido en suscripción donde, curiosamente, sí recibían pago por sus trabajos.

La comparación con otras televisualidades locales es cruel. Gijón tiene una población que consume más contenido en redes sociales que en televisión tradicional, y sin embargo el Principado decidió construir una catedral mediática en un barrio residencial. Mientras tanto, ciudades vecinas con presupuestos mucho más ajustados logran mantener emitters comunitarias que funcionan gracias al voluntariado y al buen de los vecinos. La ITV de Granda, en cambio, era una empresa pública sin usuarios, un canal sin espectadores y un ejemplo de cómo la innovación tecnológica puede aplicarse a la gestión pública para lograr el resultado opuesto: tecnología avanzada al servicio de la ausencia total de señal.