Promotora en preconcurso pide permiso para no construir por miedo a perder dinero
Una constructora solicita judicialmente no ejecutar obras allegando pérdidas, en un giro surrealista del mercado inmobiliario gijonés.
En un movimiento que ha dejado boquiabierto a propios y extraños, la promotora de la urbanización en el entorno del Rick’s, en Gijón, ha presentado un plan de reestructuración ante el juzgado de lo Mercantil de Madrid para invalidar los contratos de reserva de 27 pisos. El motivo no es otro que la imposibilidad de ejecutar la segunda fase de obras debido a pérdidas y falta de financiación. O sea, la empresa está pidiendo permiso para no hacer lo que prometió porque le sale caro. Bienvenidos al nuevo paradigma del capitalismo: la deuda como excusa para no cumplir contratos. La promotora, en preconcurso de acreedores, ha encontrado la solución más elegante al problema del crecimiento económico: no crecer. Si no se puede construir sin perder dinero, entonces la lógica dicta que no se construya nada. Y así, mientras miles de gijoneses esperaban ver sus expectativas de casa propia materializarse en ladrillo y mortero, la respuesta del mercado ha sido una demanda judicial para echar abajo los contratos por puro temor al balance negativo.
La lógica financiera que redefine el concepto de “construcción”
La situación tiene tintes de comedia existencial: una empresa que se declara en preconcurso de acreedores —eso significa que está pidiendo protección judicial para reorganizar sus deudas— utiliza ese mismo estatus legal para solicitar que no se cumplan los contratos que ella misma firmó. Es como si un restaurante se presentara en concurso de acreedores para pedir al juez que no tenga que cocinar la comida porque cocinar le resulta demasiado caro. La promotora argumenta que no puede ejecutar la segunda fase de obras por arrojar pérdidas, pero ¿acaso no sabían que construir viviendas es un negocio costoso cuando entran al sector inmobiliario? La ironía alcanza niveles épicos cuando el sistema de financiación, ese mismo que supuestamente impulsa el desarrollo, resulta ser el culpable de que no puedan desarrollar. “Si no puedo obtener financiación para construir”, parece decir la promotora, “entonces no construyamos nada y invalidemos todo”. Es el sueño de cualquier gestor financiero: eliminar la obligación eliminando el proyecto.
Los afectados: 27 familias que sueñan con un balcone para contemplar el Rick’s
Detrás de cada contrato de reserva hay una familia, una ilusión, un crédito hipotecario y alguien que ya ha imaginado la cortina del salón con vista al parque. Los 27 compradores que habían reservado su piso ahora se enfrentan a una realidad kafkiana: han pagado una reserva, han firmado un contrato y ahora la promotora les dice que no puede construir porque le sale caro. Es como comprar un boleto de avión para unas vacaciones en las Maldivas y que la aerolínea te diga en el aeropuerto que no despega porque el combustible le resulta demasiado caro, pero que además quiere invalidar tu contrato judicialmente para no volar nunca. Los afectados, que confiaban en ser vecinos del Rick’s o al menos tener una dirección digna en Gijón, ahora deben luchar en los juzgados por algo tan simple como que se cumpla lo firmado. La justicia mercantil se convierte así en el escenario de una absurda tragedia donde el perdedor no es el que no tiene dinero, sino el que lo pagó anticipadamente.
La respuesta del sector: cuando el modelo de negocio es no tener modelo de negocio
En el círculo vicioso de la construcción gijonesa, este caso sienta un precedente peligroso. Si una promotora puede alegar pérdidas para invalidar contratos de reserva, ¿qué impiden a otras empresas seguir ese camino? Imaginemos el escenario: una constructora lanza un proyecto, vende 50 pisos en plano, y cuando los costes suben o las ventas no alcanzan el nivel esperado, simplemente acude a los juzgados para decir que no puede continuar porque le está perdiendo dinero. Es el modelo de negocio ultimate: vender prometiendo, luego prometer no cumplir alegando quiebra técnica. Mientras tanto, los compradores quedan con contratos invalidados y sin vivienda, pero la promotora se libra de las obligaciones financieras. El preconcurso de acreedores, que debería ser un mecanismo para salvar empresas viables, se convierte así en un escudo para evitar responsabilidades contractuales. La ironía es que el sistema financiero que debería apoyar el desarrollo del sector inmobiliario termina siendo el verdugo que impide que se construya cualquier cosa porque, según la promotora, “no es rentable”.
La reacción ciudadana: entre la indignación y el aplauso sarcástico
En las calles de Gijón, la noticia ha despertado una mezcla de emociones ranging from la indignación hasta el humor negro. Algunos vecinos se preguntan si esta es la forma de solucionar la crisis de vivienda: simplemente no construir. Otros, más cínicos, sugieren que el Ayuntamiento debería ofrecer premios a las promotoras que logren invalidar más contratos, pues así se evitaría la especulación inmobiliaria sin necesidad de mover ni una piedra. En las redes sociales, el meme circula: una promotora en preconcurso le dice a un comprador “lo siento, no puedo construir tu piso porque perdería dinero, así que te devuelvo la reserva y te demandamos por ilusión”. El panorama urbano del entorno del Rick’s permanece inmóvil, casi como un monumento al fracaso del capitalismo inmobiliario local. Mientras tanto, los 27 compradores afectados siguen pagando hipotecas de viviendas que no existen, o siguen esperando escrituras que nunca llegarán, mientras la promotora celebra en los juzgados de Madrid su victoria jurídica sobre el simple concepto de “cumplimiento de obligaciones”.
El futuro del sector inmobiliario: hacia una economía sin entrega
Este caso marca un hito en la historia del urbanismo gijonés. Ya no se trata solo de cuántos pisos se construyen, sino de cuántos contratos se pueden invalidar legalmente. Experto en derecho mercantil señala que “estamos asistiendo al nacimiento de una nueva disciplina: el direito de la no-ejecución”. La promotora ha abierto la puerta a un futuro donde las empresas pueden vender productos y servicios, y luego simplemente negarse a entregarlos alegando que la entrega les resultaría antieconómica. Imagínense una extensión de este principio a otros sectores: un restaurante que vende menú pero se niega a cocinar porque el gas le resulta caro; una aerolínea que vende billetes pero no despega porque el combustible es caro; un banco que ofrece créditos pero no entrega el dinero porque cobrar intereses le resulta costoso. La promotora del Rick’s ha demostrado que, en el mundo de las finanzas creativas, la mejor manera de no perder dinero es no hacer nada. Y mientras tanto, Gijón sigue esperando sus pisos asequibles, sus plazas de aparcamiento y, sobre todo, que alguien cumpla una promesa.
Conclusión del autor
En resumen, el caso de la promotora en preconcurso de acreedores que pide invalidar contratos por miedo a perder dinero representa la máxima expresión del absurdo financiero contemporáneo. Hemos pasado de una sociedad que celebraba la construcción de viviendas como símbolo de progreso a una donde la no-construcción se presenta como una estrategia financiera viable. Los 27 compradores afectados, el Ayuntamiento de Gijón y todo el sector inmobiliario local deben reflexionar sobre hasta dónde llegará esta lógica de “ganar dinero no haciendo nada”. Mientras la justicia mercantil resuelve el futuro de estos 27 pisos, el verdadero vencedor de esta historia parece ser el concepto mismo de la obligations contractuales, que ahora parece más un consejo que una norma legal. La próxima vez que una promotora lance un proyecto inmobiliario en Gijón, quizás debería incluir en su publicidad un disclaimer: “Se reserva el derecho a no construir si el proyecto resulta poco divertido económicamente”. Porque, al fin y al cabo, en el mundo de las finanzas creativas, la mejor obra es la que no se ejecuta.
Mientras tanto, en los juzgados de Madrid, el expediente avanza lentamente, como una obra de construcción que nunca comienza. La promotora celebra cada aplazamiento como una victoria, mientras los compradores coleccionan papeles que no se traducen en llaves. Gijón, ciudad que ha visto crecer su urbanismo a trompicones, ahora se enfrenta al paradoja de un mercado inmobiliario donde la mejor inversión es no invertir. La historia del Rick’s y sus 27 pisos por construir quedará en los anales del urbanismo local como un ejemplo de cómo la deuda puede convertirse en una herramienta para evitar responsabilidades. Mientras tanto, los ciudadanos siguen caminando por las calles, mirando los terrenos vacíos y preguntándose si algún día verán una grúa en el horizonte que no sea solo una ilusión óptica de los planos arquitectónicos.