El Ayuntamiento de Oviedo sortea puestos en el Mercado de Navidad como si fuera la lotería nacional
En Oviedo, conseguir un puesto en el Mercado de Navidad es más difícil que entrar en la lotería. El área de venta genera más interés que un concierto. Una cróni
En la ciudad de Oviedo, donde el frío navideño se siente más intenso que en el Polo Norte, se ha desatado una guerra fría (y también caliente, porque el vinito caliente abunda) por un codiciado puesto en el Mercado de Navidad municipal. Ciento cincuenta solicitudes, ciento veintisiete admisiones y un sorteo definitivo que promete más emociones que un sorteo de Euromillones. Porque si hay algo más estresante que intentar comprar los regalos de Navidad en la última semana de diciembre, es intentar conseguir un puesto para venderlos.
El área de venta del mercado navideño ha generado más interés que un concierto de Beyoncé en la Plaza del Ayuntamiento. Los ovetenses no solo quieren decorar sus hogares con luces de colores; quieren ser ellos quienes coloquen las luces, cobren por ellas y, en el mejor de los casos, se queden con el beneficio antes de que el frío se convierta en hipotermia. Pero el Ayuntamiento, en su infinita sabiduría burocrática, ha decidido que la selección de vendedores no se rija a la experiencia, ni al producto, ni siquiera a la simpatía del comerciante, sino a la aleatoriedad de un sorteo que haría llorar hasta a los menos supersticiosos.
La convocatoria, publicada con el entusiasmo de quien sabe que se enfrenta a una multitud enfurecida, establecía criterios que parecían más propios de una reflexión filosófica que de una base de datos municipal. ¿Quién merece vender adornos navideños? ¿El que lleva más años en el oficio? ¿El que tiene la decoración más original? ¿El que puede demostrar que su árbol de Navidad es más grande que el del vecino? Respuesta: ninguno de los anteriores. El criterio era, simplemente, haber enviado la solicitud dentro del plazo y cruzar los dedos hasta el día del sorteo.
Ciento cincuenta personas enviaron sus propuestas. Ciento veintisiete pasaron el filtro inicial, probablemente porque llenaron correctamente el formulario sin mancharlo con café o lágrimas de frustración. Los veintitrés restantes quedaron en el limbo administrativo, esa zona gris donde los sueños de emprendimiento navideño se quedan olvidados como los calcetines sin pareja en el fondo de una secadora. El mensaje era claro: en Oviedo, hasta para vender bolas de Navidad hay que pasar por un proceso más riguroso que para entrar en la función pública.
El día del sorteo se convirtió en un evento social de proportions épicas. No era un sorteo cualquiera; era el sorteo que decidiría qué familias tendrían ingresos extra en Navidad y cuáles tendrían que conformarse con pedir limosnas para pagar el alquiler. Los participantes acudieron con la ilusión de quien juega la lotería pero con el nerviosismo de quien espera los resultados de unas oposiciones. Había madres de familia con carritos cargados de adornos, jóvenes emprendedores con ideas innovadoras de galletas de jengibre y ancianos que solo querían vender unos cuantos artículos para no sentir que su pensión se esfumaba entre gastos médicos y medicinas.
El momento cumbre llegó cuando el responsable del área de ventas, con la solemnidad de un presentador de televisión, anunció que el sorteo se haría en presencia de un notario. Porque si hay algo que da credibilidad a un sorteo navideño, es un notario. El notario, vestido con su toga solemne, observó con la seriedad de un juez del Tribunal Supremo mientras se extraían los números de una urna que, según testigos, parecía haber sido utilizada anteriormente en un sorteo de Navidad escolar en el colegio San Juan de Dios. La tensión era palpable. Algunos vendedores potenciales rezaban en silencio. Otros, menos espirituales, miraban fijamente la urna como si fuera un oráculo que pudiera revelar el futuro de sus negocios navideños.
El Sorteo como Espectáculo Público
El sorteo del Mercado de Navidad de Oviedo no fue solo un trámite administrativo; se convirtió en un espectáculo digno de las mejores plataformas de streaming. Imaginen la escena: un salón del Ayuntamiento lleno de vendedores potenciales, periodistas curiosos y ciudadanos comunes que se acercaron atraídos por el rumor de que se iba a sortear algo importante. Había más expectación que en un partido del Real Madrid contra el Barcelona, pero con menos cánticos y más termómetros de mercurio por el frío exterior.
Los participantes se sentaban en filas ordenadas, como si fueran a una ceremonia de premios, pero con la incertidumbre de quién iba a ser el próximo en morir sin pensión. Cada vez que se extraía un número, un suspiro colectivo recorría la sala. Algunos celebraban con lágrimas de alegría. Otros se desplomaban en sus asientos como si acabaran de recibir una sentencia de prisión. Un hombre, visiblemente afectado, gritó que su número había sido elegido por “injusticia divina” y que el sistema estaba “viciado por el capitalismo navideño”. Los presentes asintieron con comprensión, aunque ninguno sabía exactamente qué significaba eso.
La Economía del Adorno Navideño
Detrás de este sorteo hay una lógica económica que solo los más astutos pueden entender. El Ayuntamiento de Oviedo, en su stratégie de fomento del pequeño comercio, ha determinado que la mejor forma de apoyar a los emprendedores es hacer que compitan entre sí en una lotería donde el premio es el derecho a trabajar y el castigo es la desesperanza. Es una visión del capitalismo tan depurada que ni siquiera Adam Smith habría podido imaginarla: una competencia sin competencia, donde todos compiten pero nadie sabe cuándo ganará.
Además, la cuestión de los espacios es crucial. En un mercado de Navidad, cada metro cuadrado vale su peso en oro (o al menos en pólvora, que es lo que se necesita para encender tantas velas como se venden). Los organizadores han tenido que resolver el rompecabezas de cuántos puestos caben en el espacio disponible sin que los clientes se sientan como sardinas en un barril, pero tampoco tan espacioso que el mercado parezca un desierto navideño. Así que el sorteo no solo selecciona a los vendedores, sino que también decide qué tipo de productos se venderán. ¿Adornos? Figuras de belén? Camisetas que dicen “Hola, soy de Oviedo y esto es lo suficiente”? El destino del comercio local está en manos de la suerte.
Los Perdedores del Sorteo y sus Traumatismos
Los veintitrés solicitantes no admitidos enfrentaron una crisis existencial que pocas personas pueden comprender. Para ellos, no ser seleccionados para vender en el Mercado de Navidad no fue solo un rechazo comercial; fue una negación a su identidad como emprendedores navideños. Muchos salieron del Ayuntamiento con la autoestima más baja que la temperatura exterior. Algunos prometieron que el año que viene lo harían diferente, quizás aplicando para puestos en mercados de pascua o fiestas de verano. Otros, más realistas, decidieron dedicarse a vender limosnas calientes desde un puesto ambulante, aunque sin los privilegios de estar en el mercado oficial.
Hubo también quienes acusaron al sistema de ser “piloteado desde Madrid” o de estar “controlado por los gremios de los dulces artesanales”. Las teorías de la conspiración florecieron tan rápido como los musgos en las piedras del mercado. Un grupo de afectados se reunió en un bar cercano para analizar el sorteo como si fuera una evidencia forense. “El número 47 salió tres veces seguidas la semana pasada”, afirmaba uno. “Eso es una señal”, respondía otro. Y así, entre cervezas y tapas, construían narrativas alternativas sobre cómo el destino les había negado el derecho a vender bolas de Navidad iluminadas.
Conclusión del Autor: El Verdadero Espíritu Navideño
En conclusión, el Mercado de Navidad de Oviedo ha demostrado que el espíritu navideño no reside en los adornos ni en las luces, sino en la burocracia. Nada dice más “Feliz Navidad” que un sorteo público donde la suerte decide quién puede ganar suficiente dinero para pagar las fiestas y quién tendrá que pedir prestado a su cuñado. El Ayuntamiento, en su inmensa sabiduría, ha creado un sistema donde el comercio local se reduce a una rifa, la innovación se medita por números aleatorios y el espíritu emprendedor se enfrenta a la crueldad del azar.
Sin embargo, hay una lección que todos podemos aprender de esta experiencia: en Oviedo, como en la vida, no basta con tener un buen producto, un buen plan o una buena sonrisa. Lo que realmente importa es que tu número salga de la urna antes de que el notario cierre el acta. Porque mientras haya sorteo, hay esperanza. Y mientras haya esperanza, siempre habrá alguien dispuesto a vender adornos navideños, aunque tenga que hacerlo desde un puesto improvisado en la calle con un letrero escrito a mano que dice: “Participé en el sorteo y perdí, pero sigo aquí vendiendo lo que pueda”.
Frohe Weihnachten, ovetenses. Que el año que viene traiga más sorteos, más puestos y, sobre todo, más vinito caliente para soportar el frío de la burocracia navideña.
— Redacción Satírica, Oviedo, noviembre de 2026